El Jardín Botánico y Centro de Rescate Animal en Manabí no tienen recursos para cuidar las especies.
Sin una cerca eléctrica que lo proteja, el Centro de rescate animal, junto al Jardín Botánico de Portoviejo, está a merced de perros y cazadores que ingresan para matar las especies que viven en esta región de bosque seco tropical del Ecuador.
El problema se presenta en el único espacio que es financiado a medias por el gobierno y que sirve para albergar animales que la Policía Ambiental encuentra en estado deplorable o en manos de comerciantes.
Allí habitan tucanes, guacamayos rojos y azules, un venado de cola blanca, monos ardillas, osos perezosos, tigrillos, entre otras 33 especies de animales.
Algunos de ellos fueron antaño especies comunes en los bosques de la región costera, una de las zonas más afectadas del país por la deforestación y la desaparición sistemática del hábitat natural, según un estudio realizado por la Red de Desarrollo Sostenible de la Costa Ecuatoriana, que alberga a más de cien organizaciones involucradas con proyectos para proteger el medio ambiente.
La desprotección que presentan las más de tres hectáreas del centro de rescate animal son una muestra de los problemas que afrontan ecologistas costeños para cuidar estas áreas.
Las visitas que los perros salvajes hacen a la zona suelen ser devastadoras, comenta Carlos Solórzano, zoólogo veterinario de la Universidad Técnica de Manabí (UTM) que se encarga de administrar el área.
Solo en agosto pasado los perros mataron a dos cusumbos, un chuchuco y tres monos que estaban en proceso de recuperación. También desaparecieron nueve guatusas.
La falta de guardaparques es otro de los graves problemas. El Jardín Botánico tiene 22 guías y guardias, pero el Centro de Rescate Animal está desprotegido en las noches. Un tupido bosque de ceibos que rodea este refugio sirve como pared para detener en algo el ingreso de animales domésticos y cazadores.
Pero en la parte sur, ni siquiera hay esa “pared”. Ahí el bosque es menos espeso y cerca de los límites hay una invasión.
“Sus habitantes (invasores) ingresan para cazar animales los fines de semana”, afirma Solórzano, quien hace de guía.
Pese a la falta de recursos económicos y apoyo humano, él se esfuerza por cuidar el área. Solórzano no cuenta con una partida específica del Estado que lo acredite como guía o guardia, a más del sueldo de la UTM.
Para la alimentación de las especies casi no se requieren recursos, pues el refugio es autosustentable. Alrededor del 60% de lo que consumen los animales se obtiene del bosque.
“Lo que tratamos es de rehabilitar a estos animales para que retornen a su hábitat natural. Es por eso que máximo los tenemos tres meses en jaulas y después los dejamos en libertad, dentro de los límites del centro, como parte de la recuperación”, comenta Solórzano.
Luego de que el animal está rehabilitado, se lo traslada a un hábitat específico. En la Costa hay pocas zonas donde se puede garantizar que el animal recuperado estará seguro.
El Parque Nacional Machalilla, que comprende tres pisos climáticos desde el bosque seco, de transición hasta el húmedo tropical, es una de las opciones que tienen estas especies.
La mayoría de las veces se traslada a los animales recuperados a zonas protegidas de la región Amazónica.
María Luisa Moreno, directora del Centro de Investigación, Promoción y Educación Popular (Cipep), advierte a las autoridades ambientales que es prioritaria la conservación del bosque seco, que se extiende desde el sur de Esmeraldas, Manabí, Guayas, Península de Santa Elena, El Oro hasta Loja.
“La mayoría de gente cree que se trata de una zona sin importancia, con plantas bajas que más parecen matorrales, pero en realidad este ecosistema es uno de los lugares con mayor endemismo en el mundo por albergar especies únicas como el denominado zorro de sábana, que está en peligro de extinción”, explica la investigadora y educadora del Cipep.