Domingo 05 de octubre del 2008 Sucesos

Humillaciones y dolor en 8 años de impunidad de doble crimen

Cinco ex policías del GIR están prófugos tras ser sentenciados por torturar y matar a dos jóvenes.

Tres días después del crimen, Jaqueline Galarza llegó al lugar donde la Policía encontró los dos cadáveres. Era un sitio despoblado de El Fortín, donde la maleza alcanzaba los dos metros de altura,  alimentada por las lluvias del invierno de aquel enero del 2002.

En una de las zanjas rebosadas por el lodo halló un zapato negro; lo reconoció enseguida. Era el zapato de su hijo David Eduardo Delgado Galarza, de 16 años. El zapato que, supone,  el menor  perdió  al ser arrastrado, brutalmente  golpeado y asesinado junto con Carlos Arístides Lara Silva, de 28, el 29 de diciembre del 2001. Ese día, a las 19:30,  David y Carlos habían sido secuestrados mientras conversaban, en la coop. Río Guayas del Guasmo norte, por cinco miembros del Grupo de Intervención y Rescate (GIR), unidad élite de la Policía.

Los agentes, identificados como Guido Hugo Vásquez Miranda, Tito Leonardo Ponce Baque, Marco Vinicio Vargas Terán, Segundo Néstor Claudio Chicaiza y Leoncio Ontaneda Merchán fueron dados de baja de su institución, y el 22 de enero del 2003 los declararon culpables por el plagio, tortura y muerte de los jóvenes, según reza en el juicio  003-2002,  emitido por el Tribunal del Crimen del IV Distrito de Policía.

Lograr esa resolución fue un camino tortuoso y humillante para Jaqueline y Olgarita Silva, madre de Carlos Lara, quienes afirman que el proceso fue dilatado por los acusados y  los  funcionarios de la justicia policial. Es así que el mismo día de su juzgamiento los agentes fueron liberados, amparados en el art.  24-8 de la Constitución, que ordena la excarcelación de quienes tienen más de un año  detenidos sin sentencia.

El juicio
Los policías fueron aprehendidos el 2 de enero del 2002, cuando se descubrió que usaron un carro Rodeo blanco del GIR  para ir a la coop. Río Guayas, el 29 de diciembre  del 2001. En sus declaraciones, los uniformados afirmaron haber detenido en ese sector a dos sujetos (Carlos Lara y David Delgado) que “tenían cuchillos y revólveres con los que venían asaltando un bus”. Luego los llevaron hasta El Fortín “para buscar a otros dos cómplices del robo”. 

Una vez en esa zona, los policías  Marco Vargas, Segundo  Claudio y Leoncio Ontaneda se quedaron en el carro, mientras que Tito Ponce y Guido Vásquez  se llevaron a los jóvenes caminando 30 metros por la maleza.  “Los individuos huyeron corriendo  y disparamos para tratar de detenerlos, pero se perdieron en el monte y por la oscuridad optamos por irnos”, declararon Vásquez y Ponce.  

Sin embargo, ni él  ni ninguno de sus compañeros supieron explicar por qué, si los jóvenes escaparon,  fueron hallados  tres días después maniatados con cordones de zapatos, con las camisetas anudadas a sus cuellos, con huellas de golpes y con disparos realizados a menos de 80 cm, como lo revela el informe de la  autopsia.  Tampoco  pudieron comprobar el supuesto asalto al bus, el cual, según  los familiares de los fallecidos, fue un invento para manchar su imagen.

Jaqueline dice que, durante  el juicio, los agentes continuaron tratando  de desprestigiar a su hijo, insinuando, falsamente, que tenía antecedentes.

Fue la etapa más dolorosa de su vida, dice la mujer, quien se endeudó, vendió su ropa y se humilló para continuar  la investigación. Entre lágrimas recuerda cuando uno de los investigadores le exigió que le preparara dos bolones para entregarle una copia del juicio. “Le llevé lo que me pidió y él me obligó a comer un pedazo de cada bolón, diciendo que a lo mejor podía envenenarlo”.

El traslado de los detenidos a  la cárcel Nº 4 de Quito, el 12 de abril del 2002, “por motivos de seguridad”, dificultó más las cosas, pues los presos se negaban a venir a los llamados del juez 1º de Policía, Fabián Salas,   para que rindan su confesión.  Jaqueline, desesperada, se encerró tres meses en su cuarto, negándose a comer y a ver a su esposo y a su hijo menor, entonces de 3 años, a quien comenzaba a confundir con David.

Fueron ellos quienes la alentaron a seguir y junto con Olgarita hicieron tres plantones en los bajos del IV Distrito, hasta que en noviembre los imputados fueron traídos a Guayaquil.  No obstante,  los policías se acogieron al derecho del silencio, porque sus abogados no asistieron a las declaraciones, el 14 y luego el 25 de ese mes. 

Las mujeres cuentan que en esas audiencias, los imputados las señalaban amenazándolas de muerte, y luego –afirman–  mandaban a encapuchados a vigilarlas y lanzar piedras a sus casas. Incluso, un hermano de Carlos Lara tuvo que irse  del país tras sufrir un atentado, según denunció en la Fiscalía.

Las madres siguieron impulsando el juicio hasta que el Tribunal del Crimen de la Policía –cuya conformación se  pospuso dos veces– convocó a la audiencia de juzgamiento el 17 de enero del 2003. Ese día, los acusados ni siquiera bajaron del carro que los llevó  desde la cárcel; estaban desnudos y se habían cubierto con excrementos. La diligencia se pospuso, pues tampoco fueron sus abogados.

Finalmente, a las 09:00 del 23 de enero de ese año se instaló la audiencia de juzgamiento, en la que  Tito Ponce y Guido Vásquez fueron condenados a 16 años de reclusión como autores del crimen;  Segundo  Claudio y Leoncio Ontaneda, como cómplices recibieron  8 años de reclusión; y Marco Vargas, 2 años de prisión por encubridor.

Pero la noche anterior, el juez ya les había concedido la caducidad de la prisión preventiva, por lo que ese mismo 23 de enero, a las 19:00, salieron libres, hasta esperar que su sentencia sea oficial. Desde entonces están prófugos, probablemente fuera del país.

Jaqueline Galarza
MADRE DE DAVID DELGADO

“A  veces pienso que esos policías vendrán a mi casa y me matarán igual que a mi hijo, porque ellos juraron vengarse”.

Olgarita Silva
MADRE DE CARLOS LARA

“Nunca tuve el valor de ver el cadáver de mi hijo. Prefiero recordarlo  sonriente, juguetón, como él era siempre conmigo”.

Las vitimas

Carlos Arístides Lara
Silva, 28 años. Separado, padre de dos hijos (ahora de 11 y 6 años). Vivía  en Los Ríos, donde era carnicero. Llegó a Guayaquil quince días antes del crimen a ver a su madre.

Su cuerpo fue hallado con las manos y pies atados hacia atrás con un cordón de zapatos y la cabeza cubierta con su camiseta. Tenía cinco tiros (cuatro en la cabeza y uno en el cuello).

David Eduardo Delgado
Galarza, 16 años. Estudiante del 4º  año de Mecánica Automotriz en el colegio Eloy Alfaro. Vivía con su madre, padrastro, Walter Mestanza,   en el Guasmo norte.

El menor fue hallado con las manos atadas a los testículos con un cordón de zapatos y la camiseta anudada al cuello con muestras de asfixia. Tenía cinco disparos (cuatro en la cabeza y uno en el cuello).

Recepción
El 16 de mayo pasado  la Comisión de la Verdad recibió la denuncia del crimen de Carlos Lara y David Delgado. Hasta la semana pasada habían receptado 303 casos.

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