sábado 04 de octubre del 2008 Columnistas

¿Todavía románticos?

Un alumno llegó, de manera fulminante a la conclusión: “¡todavía hay románticos!”. Y lo hizo al comparar determinadas expresiones de la cultura de hoy con los viejos cánones de la corriente que nació a fines del siglo XVIII y se expandió en el siguiente. A primera vista parecería que sí.

Nuestro individualismo es tan desesperado que rebasa con creces el culto al Yo que derivara de la filosofía hegeliana y lanzara a la humanidad a la persecución de la libertad, esa bandera ideológica que ondeó delante de la Revolución Francesa y llevó al mundo hacia caminos de afianzamiento burgués y capitalista. Hoy, en medio de un panorama nada prometedor, reducidas las posibilidades de desarrollo, el presente induce al recortar una estrecha parcela de vida personal, en la cual las metas de corto plazo y el hedonismo son la prioridad. ¿Es este un rasgo semejante al yoísmo romántico?

Más romanticismo encuentro en los desadaptados de nuestros días. Fúnebres y distantes –tanta dedicación al color negro entre punks, rockeros y emos– vivencian su malestar en capillas que se llaman bares o discotecas, en grupos que mastican su rechazo a la sociedad entre humaredas y cadenas, con las uñas manchadas de coágulos artificiales y enmascarados con gafas oscuras. ¿Qué proponen? Simplemente que los dejen vivir. Cuando el hálito del arte toca sus expresiones, de esos círculos brota música estremecedora en torno de textos que hablan del absurdo, de la soledad y de la muerte.

El sueño del amor tuvo mucho puesto en el romanticismo tradicional. Un discurso arrebatado y platónico, un afán de posesión de lo evanescente, un pesimismo que bloqueaba el entusiasmo sentimental.
¿No tendrá algo de estos síntomas el enamorado posmoderno, repetidamente derrotado en el proyecto amoroso por la separación y las despedidas? ¿Acaso la constatación de que el anhelo de la fusión de los espíritus es un imposible, no borda de matices escépticos y desencantados el abrazo de los amantes?

El romántico no tuvo cuerpo, se evadió de él, lo negó o lo tomó en cuenta en discursos marginales, en desahogos prohibidos. Lo educaron para la dualidad, para verse a sí mismo como el territorio de una lucha de opuestos. En ese sentido, herederos de Freud, del arte vanguardista, de la ciencia médica y del deporte, hoy nos hemos reconciliado con nuestro físico y caminamos, armónicos, metidos en cuerpos gozadores, cuidados y embellecidos. Punto de sana superación mientras no se caiga en los excesos esteticistas y en la necia negación de la vejez.

Los poetas conocidos como “decapitados” en el Ecuador, tuvieron herencia romántica a pesar de que representaron tiempos nuevos en el albor del siglo XX. No pudieron desprenderse de su inconformidad, de su rebeldía, de su idealismo. Algunos practicaron la libertad suprema de quitarse la vida. Saltémonos una centuria completa y sigamos identificando el encuentro de los signos, la matización de ciertos rasgos que parecerían acompañar siempre a las personas. Entonces, ¿no será el romanticismo, también, una forma de ser de la condición humana?
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