sábado 04 de octubre del 2008 Columnistas

Institucionalidad y nueva Constitución

Ecuador tiene una nueva Constitución. Desde la Unión Europea, en nuestra calidad de observadores del proceso, hemos saludado al pueblo ecuatoriano por la manera pacífica, tranquila, con profundo carácter cívico y democrático, con la que acudió a las urnas el domingo pasado.

Ya lo he dicho muchas veces desde que conocí Ecuador un año atrás, y lo repito en esta ocasión: una de las cosas mejores que tiene Ecuador son sus gentes, es su pueblo. Ese es el capital más precioso de su país, un capital de enorme potencialidad para la institucionalidad política, el progreso económico y el desarrollo social.

Ahora empieza la prueba más difícil y decisiva: su durabilidad, su incorporación al espíritu profundo de la nación, la capacidad de comprender, de acoger, de incluir, de agregar y, así, de generar una institucionalidad sólida, de la que toda la gente se sienta parte y quiera ser parte.

Según me dicen, esta es la vigésima Constitución del Ecuador. En mi país, Portugal, también tuvimos muchas desde el siglo XIX. No tantas, pero en todo caso muchas. Y eso pasó también en varios otros países europeos. No en todos, pero en muchos. ¿Dependiendo de qué? Pues, dependiendo de los hábitos de estabilidad o inestabilidad política de cada país y de su distinto grado de institucionalización.

En Europa, en verdad, también tuvimos muchas revoluciones o cambios políticos fundamentales. Solo en mí país, conozco muchas revoluciones de la Historia y he vivido una. Todas esas revoluciones o rupturas son explicables en su propio momento. Pero lo que hizo durar, o no durar, las Constituciones que cada una generó y, así, su nuevo orden político, económico y social, ha sido la distinta capacidad de transformarse, o no, en un cuadro común de institucionalidad, en el marco del Estado de derecho, de la democracia y de las libertades fundamentales.

En Europa aprendimos que una Constitución no corresponde a las puertas del paraíso, ni tiene poderes mágicos, sino que no es más que un punto de partida. Y aprendemos también que una Constitución no es un martillo, sino una sala de reunión. Las que lo han conseguido, las que lo lograron, ahí siguen, muchos, muchísimos años después, quizás con algunas reformas puntuales y habiendo conocido gobiernos muy distintos en su propia alternancia democrática. Pero consolidando siempre y habiendo capitalizado para beneficio de la  nación los beneficios y avances fundamentales de sus días fundadores.

Es eso lo que hemos aprendido en Europa: una Constitución es histórica, no tanto por la dimensión de los cambios que introduzca en un momento dado. Una Constitución es histórica cuando se incorpora en la historia libre y espontánea de un país.

Y ¿de qué depende eso? – me preguntarán. Pues depende de las gentes y de los políticos. Las gentes, como ya les he dicho, las considero de las mejores que hay en todo el mundo.

Sé que después de demasiados años de inestabilidad política y de crisis frecuentes, el pueblo de Ecuador aspira a aquella misma institucionalidad. Una institucionalidad capaz de proporcionar la estabilidad indispensable para que la democracia no sea solamente discusión, sino también y, sobre todo, obra. Y así, capaz de proporcionar desarrollo económico y social, progreso, modernización y bienestar. Les deseo, por eso, a todos en Ecuador, la mejor suerte y ese mismo futuro de institucionalidad, de Estado de derecho y de fecunda democracia.

* Jefe de la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea.

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