Sábado 04 de octubre del 2008 Religiosa y Obituarios

La campiña de Nobol, punto de inicio a santidad

SANTIAGO NEUMANE

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El santuario de Nobol, donde descansa el cuerpo de Narcisa de Jesús Martillo Morán, quien será canonizada el 12 de octubre.

CANONIZACIÓN. Faltan 8 días. La noboleña llevó desde niña una vida apegada a la oración y sufrimiento en su imitación a Cristo.

El olor de la caña de azúcar acumulada en los bajos de las haciendas anunciaba el inicio de la zafra del año. A pocos metros, campesinos con machete en mano trabajaban además en el cultivo de arroz y trigo, mientras que en las orillas del río Daule esperaban las piraguas o embarcaciones de madera para transportar los productos desde Daule hasta Guayaquil.

La descripción se remonta a 1832, donde lo que hoy se conoce como Nobol era entonces un paraje verde, lleno de árboles frutales, con diversidad de cultivos y decenas de hacendados trabajando en el campo. En ese entorno natural bañado por el río nació a fines de ese año la campesina guayasense Narcisa de Jesús Martillo Morán, quien será canonizada por sus virtudes cristianas el 12 de octubre por el papa Benedicto XVI.

En la hacienda San José vivían Pedro Martillo y Josefa Morán, padres de la santa, una pareja muy devota y católica que se dedicaba al campo, como señala el padre Roberto Pazmiño en su libro Una mujer de nuestro pueblo.

En la obra se destaca que desde pequeña aprendió los oficios de la hacienda y lo principal en cuanto a leer y escribir.

Según el autor, la vocación de santidad le llegó tras recibir el sacramento de la confirmación de manos de monseñor Francisco Javier de Garaycoa, el 16 de septiembre de 1839, cuando tenía 7 años. “Desde aquel día creció el hambre de Dios en su alma delicada y mística”, sostiene.

Narcisa también aprendió la vida de Marianita de Jesús Paredes y Flores (1618-1648), quien había sido beatificada en 1850 por el papa Pío IX.

La santa quiteña se consagró a la oración y a la penitencia para alcanzar la santidad. Ella se había propuesto  cumplir lo que dijo Jesús: “Quien desea seguirme, que se niegue a sí mismo”.

“Esta historia debió haber llegado en lo profundo a Narcisa, quien desde niña se entregó a la oración”, destaca Pazmiño.

La muerte de su madre, cuando Narcisa tenía 10 años, fortaleció más sus prácticas de comunión con Cristo.

La noboleña solía trasladarse en canoa hasta la iglesia de Daule, donde se quedaba durante horas en profunda oración. El fray Leandro Fierro, párroco del cantón, fue su primer formador espiritual.

A medida que fue creciendo, Narcisa iba poniendo en práctica otros sacrificios destinados a alcanzar ese halo de santidad similar al de Mariana de Jesús. El ayuno y ciertos castigos (se azotaba o colgaba sobre una cruz) los cumplía, como imitación del sufrimiento de Cristo.

La santa tenía desapego de las fiestas o reuniones sociales. Ella ayudaba en los preparativos, pero luego se “desaparecía” a orar en el campo.

Viaje a Guayaquil
La muerte de su padre Pedro Martillo, en 1851, le afectó a la santa cuando tenía 19 años. Pazmiño dice que con el fallecimiento del progenitor, Narcisa de Jesús entendió el mensaje de Dios que era “dejarlo todo” para dedicarse “a Él”.

Valiéndose de la amistad que tenían sus padres con la guayaquileña Silvania Gellibert, cuyo esposo Ignacio Negrete poseía una hacienda cercana a la de Pedro Martillo, decidió viajar a la ciudad, en mayo de 1852, en un vapor de la época.

Guayaquil tenía en ese tiempo unos 25.000 habitantes y era considerada una de las ciudades más prósperas de la República, debido al movimiento comercial por la llegada de embarcaciones extranjeras y locales al malecón.

Narcisa de Jesús residió 16 años en Guayaquil (de 1852 a 1868). El alza del precio del cacao en 1856 impulsó la creación de bancos. Entre 1862 y 1863 se crearon la Biblioteca Municipal y la Cámara de Comercio.

La santa vivió primero en la casa de los Negrete Gellibert, ubicada en lo que hoy es Chile y Clemente Ballén, a una cuadra de la Catedral Vieja.

La principal actividad y sustento de la santa fue la costura. Esto le permitió conocer a personalidades de la aristocracia porteña, ya que la noboleña elaboraba los vestidos acordes con la moda de París, de donde se importaban las telas.

En Guayaquil fortaleció más su espíritu bajo la orientación del canónigo Luis de Tola y Avilés, vicario de la ciudad.

Narcisa recorrió algunas viviendas donde laboró como costurera o doméstica. En cada una buscaba su rincón para la oración y penitencia.

En su objetivo por lograr la santidad conoció al padre Ramón Amadeo Millán, quien se convirtió en director espiritual de Narcisa. A través de él llegó hasta Mercedes Molina y Ayala (la futura beata Mercedes de Jesús), con quien compartió el ideal de santidad que alcanzó a través de la oración.

Tras la muerte del padre Amadeo Millán, en Cuenca (adonde Narcisa lo acompañó), ella se refugió en la Casa de la Providencia, conocida como de las Recogidas (lugar de asilo de huérfanas), que dirige su amiga Mercedes Molina.

Sin director espiritual fue el padre Pedro Gual, comisario y visitador general de los franciscanos en América del Sur, quien la confesó y dirigió.

Antes de partir, el sacerdote  invitó a Narcisa a Lima. Le refirió en forma profética: Si quieres ser santa, ándate al Patrocinio (en referencia al beaterio de Terciarias Dominicas, que quedaba en la capital peruana, cerca del convento franciscano al que pertenecía el sacerdote).

No lo dudó dos veces. Las palabras del fraile las tomó como un llamado de Dios. Tras reunir dinero por su trabajo, el 5 de junio de 1868 partió a Lima desde Guayaquil, donde logró la santidad que anheló desde niña.

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