viernes 03 de octubre del 2008 Columnistas

Más país

Pese a que la cuestión política sobredetermina nuestra cotidianidad, mucho del ser ciudadano rebasa la actuación callejera y tarimera de los dimes y diretes en la que parecen gozar nuestros dirigentes políticos. La ciudadanía guayaquileña en tiempos pre y poselectorales ha sido tironeada por los dos hombres que se proponen regir su suerte: en una esquina, el presidente Rafael Correa y el afán de hacerse sentir en todos los espacios; en la otra, el alcalde Jaime Nebot y la insensatez de creerse propietario de los destinos de un pueblo. Pero el rumbo de una urbe no lo trazan ni el Mandatario del país ni el burgomaestre de la localidad solos; la decisión del futuro la portamos los mandantes y, ciertamente, en la concreción de ese norte estamos divididos casi por la mitad. ¿Es insalvable esta dicotomía para alcanzar paz?

Los resultados de las urnas producen interpretaciones variopintas. Para eso somos humanos: para llevar el agua exclusivamente a nuestro molino, aunque se despedace la racionalidad y el otro se muera de sed: así se dice que “el Sí no perdió sino que no ganó”, o “como el No obtuvo ventaja se proclama el libre albedrío”. Es inaceptable que el Presidente y el Alcalde jalonen a Guayaquil para ver quién trocea mejor y se aprovecha de la mayor tajada. En este tirón los protagonistas absolutos son ellos, supuestamente interesados en el bienestar común, y no los habitantes del puerto, que pasamos a segundo plano. En ese juego una mitad quedará herida, resentida y postergada. Conducir un proceso ciudadano no es demostrar más fuerza sino cobijar el desarrollo de las potencialidades locales dentro de una perspectiva nacional.

Guayaquil es bastante más que los porcentajes electorales; es un proyecto urbano que debe consolidar sus expresiones culturales básicas e implantar con firmeza formas modernas de civilidad, que se concretan en la oferta de empleo, en la capacidad de compra y ahorro, en la cortesía practicada en el tránsito, en la buena vecindad, en el mayor acceso a la vivienda, en la real educación de calidad… En Guayaquil hay muchísimo que hacer para levantar una conciencia comunitaria que otorgue ciudadanía y modernidad a la mayoría de sus habitantes, desatendidos en cobertura de agua, alcantarillado, pavimento y bienes culturales. Hay tanta obra material y espiritual por completar que se requiere del concurso del Presidente y del Alcalde juntos.

¿Seremos los porteños la presa de una disputa entre dos políticos? Los guayaquileños somos más que eso –y no en el sentido bobalicón de no hay nadie quien nos iguale– en la medida en que conformamos una comunidad diversa que avizora caminos diferentes. Aquí no nos hemos dividido con el referendo; siempre lo hemos estado entre los que habitan una urbe y una suburbe, entre los que tienen un montón y los que casi nada poseen, entre los aquilatados por abolengo y los recién llegados que reciben desaires. El Presidente y el Alcalde están obligados a transar sus discrepancias y buscar puntos mínimos de acuerdo, y, cada cual en lo suyo, contribuir para que avance una plural comunidad ciudadana. No hay duda: para conseguir más ciudad se necesita más país, o sea, más diálogo, más calma, más humanidad, más sensatez, más democracia.
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