jueves 02 de octubre del 2008 Columnistas

Acumular fuerzas

El domingo el bloque gobiernista consiguió cuatro millones y medio de votos. Sus opositores sumaron dos millones y medio. Es una diferencia importante. Cualquier gobierno del mundo que obtenga el 64% en una elección, dos años después de permanecer en el poder, debería sentirse satisfecho, sobre todo si al mismo tiempo  impone un sistema de poder diseñado por sus asesores.

José María Velasco Ibarra vivía quejándose de las malas constituciones. ¡Ah, si el profeta hubiese conseguido una votación así! Seguro que lo reelegían otras cinco veces.

El mundo de la política, sin embargo, es un amasijo de contradicciones, y las ganancias vienen acompañadas casi siempre de grandes y pequeñas derrotas, que también deben ser contabilizadas para diseñar una estrategia correcta.

Habría que tomar en cuenta, por ejemplo, que el Sí ganó en el referéndum, pero con 668.090 votos menos que en la consulta popular del 2007. La mayoría de los ecuatorianos todavía está con Correa, pero es una mayoría menos sustanciosa.

Una buena parte de esos votos ya se los había perdido en la pasada elección de asambleístas; ahora el desangre simplemente continuó, y no fue más caudaloso  solo por los bonos, las cuñas en televisión y las promesas pendientes.

¿Qué hicieron todos esos correístas desencantados? Una cosa es segura, no se quedaron en sus casas. Los números muestran que el abstencionismo en el referéndum se redujo, y que se sumaron a la fuerza electoral casi un millón de personas (800 mil, para ser exactos) que no votaron en la consulta popular del 2007 porque no tenían aún edad para hacerlo o porque no pudieron.

Esos nuevos votantes tampoco apoyaron mayoritariamente al régimen. Muchísimos se unieron a la oposición, con lo cual, si bien esta perdió en el referéndum, ganó al mismo tiempo más de dos millones de votos (¡sí, dos millones!) en relación a la consulta popular del año pasado.

No es solo un asunto de números. Los decepcionados del correísmo, lejos de encogerse de hombros, tienden a pasarse a la oposición. Alianza PAIS no genera solo frustraciones: luego viene el resentimiento. Lo vimos cuando rompieron Rosanna Queirolo y luego Mónica Chuji; y lo estamos viendo de nuevo ahora, en los terrenos invadidos de Cerro Colorado. Una de sus promotoras, cuando la desalojaron, le dijo enojada a una radio: “Así es siempre, en campaña electoral nos ofrecen, pero luego no cumplen”.

El Gobierno podría, por supuesto, ignorar todas estas consideraciones, pero haría mal, porque el triunfalismo en política es el peor modo de suicidarse.

La oposición, a su vez, podría sentarse a derramar lágrimas por su derrota, pero mucho más útil le sería considerar la elección del domingo como un proceso de acumulación de fuerzas hasta ahora exitoso.

Todas estas observaciones tendrán aplicación a la hora de conformar el Congresillo.

¿Qué porción de esa torta reclamarán Alianza PAIS y sus aliados? ¿El 73% que consiguieron en la elección de asambleístas o el 63% que obtuvieron ahora?

¿Acaso no se debe tomar en cuenta a todos esos votantes que hace un año le tenían confianza al Gobierno y ahora no?

El domingo, la propuesta del bloque oficialista ganó, pero con menos votos, así que Alianza PAIS no debería conservar la misma proporción en el Congresillo sino una mayoría algo más modesta.
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