jueves 02 de octubre del 2008 Columnistas

¿Caprichosos los ministros de la Corte Suprema?

Durante las últimas horas y ante la inminente crisis que podría vivirse en la Función Judicial por la renuncia de los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia, tanto el arquitecto Fernando Cordero como el doctor Alexis Mera, han señalado que tal actitud es caprichosa.

Según el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, el capricho es la “determinación que se toma arbitrariamente, inspirada por un antojo, por humor o por deleite en lo extravagante y original”.

La decisión de renunciar, que seguramente no la tomarán todos los magistrados, ¿puede ser considerada como la consecuencia de un antojo, un enojo o el afán de ser extravagantes? Francamente, a mí me parece que no.

No creo que esta Corte de Justicia haya sido la mejor que pudimos tener y por supuesto no ha sido la mejor de la vida republicana, pero sin duda, tampoco ha sido la peor. De hecho, entre sus integrantes hay personas intachables desde el punto de vista individual. Otra cosa es que como cuerpo colegiado, en algunas circunstancias haya dejado mucho que desear. Sin embargo, no se puede desconocer que su conformación fue el resultado de un proceso de selección, ¿con errores? Sí, pero no por ello se la puede descalificar sin más.

La Corte en su conjunto ha tenido méritos. Cito como uno de los más importantes, el proceso de autodepuración, en virtud del cual se decidió la destitución de varios magistrados. En cambio, uno de sus mayores desaciertos, no haber propiciado los cambios profundos necesarios para contar con un sistema de Administración de Justicia independiente, ágil y transparente.

De hecho, la falta de independencia ha sido notoria, al punto de que se han dado tratamientos diferentes a pedidos de sanción por incorrecciones de jueces, dependiendo de si las quejas o pedidos de destitución procedían del doctor Alexis Mera o de otros ciudadanos. Claro que podrá sostenerse que tales favoritismos o desigualdades se originaban en el Consejo de la Judicatura. Sin embargo, el propio Presidente de la Corte ha permitido tales tratamientos desiguales, sin manifestar oposición ni crítica a tales actuaciones.

No obstante, si las intromisiones de altos funcionarios de este gobierno se han dado incluso para lograr que desde la Presidencia de la Corte se influya en el juzgamiento de determinadas causas, ¿qué nos hace pensar que tales conductas cesarán por el hecho de que se designe una nueva Corte Suprema?

Es lamentable que el ciudadano común no asimile con claridad la trascendencia que tiene para un país el contar con un sistema judicial confiable. No hay vicio mayor para una sociedad que una Administración de Justicia que no ofrezca garantías de independencia y sapiencia. Por desgracia, tales virtudes no se lograrán sometiendo a los magistrados a un indigno sorteo y menos pretendiendo que los reemplacen, ilegítimamente, los conjueces. Los conjueces no están facultados para llenar las vacantes de la Corte Suprema de Justicia. Si los magistrados renuncian y dejan sus cargos se producirá un vacío de poder, provocado no por inexistentes “caprichos”, sino por la forma ligera e irresponsable como actuó la Asamblea de Montrecristi.
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