- OCT. 01, 2008 - Foto - Cultura - EL UNIVERSO
El director cubano Enrique Pérez en uno de los ensayos antes del concierto de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil.
El director cubano, en el trato personal, es hombre risueño, bonachón, amable, extrovertido, absolutamente informal. Después del concierto, en el camerino, lució satisfecho, quizás no tanto por los nutridos aplausos del público como por la prestación que logró obtener de la orquesta. El programa escogido era ideal para poner en valor las varias secciones del conjunto y exaltar a ciertos solistas.
Se abrió la noche con la polonesa de la ópera Eugene Onegin llena de brío, ideal para iniciar un concierto, como lo suele ser el valse de la misma obra. Siguió de Rimsky Korsakov el Capricho sobre temas españoles, otra obra de altísimo color, excelente orquestación en la que a veces los violines suenan como guitarra, las percusiones se dan gusto, los solista alternan dando matices sutiles a la composición: trompa, trompeta, violín, flauta clarinete, arpa sobre fondo rítmico: alborada, fandango asturiano, canto gitano; de pronto lleno de melancolía.
Pero es sin lugar a duda una música deslumbrante, luminosa con el sol, el temperamento ibérico.
Para mí fue en la Sinfonía Nº 2 de Rachmaninov que más se lució nuestra orquesta. Se cuenta que la primera sinfonía en su estreno fue un fracaso rotundo. El compositor Glazunov la dirigió en estado de ebriedad, la ejecución estuvo pésima, la crítica despiadada, lo que hundió al compositor en una profunda depresión hasta tal punto que pensó renunciar a su carrera de compositor, dedicarse a la dirección. Entre neurólogos e hipnosis, Rachmaninov hizo mutis por el foro hasta que volvió por fin a componer. Nació el famosísimo concierto Nº 2 para piano, una de las obras preferidas de muchísimas personas. El éxito de la obra fue arrollador desde su estreno y sigue campante.
Una anécdota pintoresca. El entonces joven cantante Eric Carmen basó sus dos grandes temas en la segunda sinfonía (I´ll never fall in love again) y el segundo concierto (All by myself). A la segunda sinfonía el propio compositor la juzgaba “aburrida y repulsiva”, añadiendo que “de todos sus proyectos era el peor”. Quizás Sergei tenía baja la autoestima porque el entusiasmo del público fue mayúsculo desde la primera presentación. Contrariamente a la segunda sinfonía de Borodin en la que no se destaca prácticamente ninguna melodía, Rachmaninov, sobre todo en el tercer movimiento da un papel estelar al clarinete, sube la orquesta en espiral hasta el glorioso y romántico tema final.
Esta obra hubiera podido inscribirse entre las más destacadas del siglo XIX a pesar de haber sido escrita en 1907. Lo corroboran la emotividad lírica, las olas que llevan al paroxismo desde el inicio de la obra. Desde luego es el adagio que se lleva la mejor parte, con una ascensión bellísima de las cuerdas de tono apasionado, dejando el paso al solo largo de clarinete. Luego se nos presenta el tema inicial, pero de un modo voluntariamente frustrante, sin desarrollarlo del todo, para que vaya creciendo nuestro afán hasta el apogeo de la hermosa melodía.
Ojalá pueda volver Enrique Pérez Mesa para brindarnos otro concierto en el que nos agradaría escucharlo dirigiendo música de Brahms o de Saint-Saëns. Por lo pronto, entre otras sorpresas, David Haryutunyan nos prepara la hermosísima Quinta sinfonía de Mahler, cuyo adagietto es uno de los más famosos del repertorio universal.