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El New York Times publicó este editorial el miércoles 24 de septiembre; lo reproducimos por la pertinencia del caso.
Bajo escépticos cuestionamientos en el Comité Bancario del Senado este martes, el Secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, no cedieron terreno en defensa de su propuesta por 700.000 millones de dólares para el rescate del sistema financiero.
Expusieron muy pocas razones para creer que su propuesta brindaría protección al contribuyente fiscal de enormes pérdidas. Más bien, dijeron que cualquier pérdida equivaldría, con el tiempo, a pérdidas menores que los estadounidenses enfrentarían si se congelaran los préstamos, como ocurrió brevemente la semana pasada en las consecuencias del pánico por el fracaso de Lehman Brothers, aunado a lo que casi fue la extinción del AIG (American International Group).
Se agradece ese candor, pero no es una respuesta suficientemente buena para el Congreso o el pueblo de Estados Unidos. En vez de correr para aprobar el rescate de 700.000 millones de dólares, los legisladores necesitan examinar alternativas. Deberían buscar una que, idealmente, permitiera al contribuyente fiscal compartir las ganancias a partir de cualquier resurgimiento posterior al rescate, junto a los banqueros e inversionistas del sector privado que ganarían dinero, si el rescate tiene éxito. Se han propuesto varias ideas que el Congreso estadounidense debería estudiar.
Entre ellas sobresale un plan para efectuar una inversión directa de dólares del contribuyente en empresas financieras, en vez de comprar sus denominados activos tóxicos. Con ese dinero, las empresas podrían absorber las pérdidas que seguramente recibirían a medida que sus inversiones fracasen, evitando la caída y el pánico. Una vez que las empresas se empezaran a recuperar, los contribuyentes obtendrían un rendimiento. Sin embargo, este tipo de inversiones de renta variable es riesgoso y se necesita un cuidadoso análisis para ver si serían más riesgosas que la propuesta de la Administración.
Otra propuesta, expuesta por el senador Christopher Dodd, compraría activos tóxicos, como propuso la Administración, pero le daría al gobierno estadounidense la opción de adquirir acciones en las firmas que reciban la ayuda. El peligro es que inversionistas privados, temiendo ver que sus acciones de propietario se diluyan si el gobierno se convierte en uno de los accionistas, pudiera mostrarse reacio a invertir dinero. Eso privaría a las empresas de las inversiones que necesitan para recuperarse.
Hay tiempo para aclarar ese tipo de incertidumbre. El sistema financiero es vulnerable a problemas más severos, pero la contracción del crédito ya se relajó un poco desde que la Administración propuso este rescate. En parte, eso se debe a la expectativa de un rescate, así que el Congreso debería aclarar que está trabajando en un plan con la velocidad apropiada.
Los mercados crediticios también han recibido el impulso de medidas de emergencia que han apuntalado el sistema, incluida una garantía gubernamental por 50.000 millones de dólares de fondos mutualistas en instrumentos de deuda que vencen en menos de un año. El rescate de Fannie Mae y Freddie Mac ha contribuido a mantener las tasas hipotecarias más bien bajas.
Una cosa es segura. Si el contribuyente fiscal de Estados Unidos no comparte las potenciales ganancias a partir de un rescate, alguien más lo hará. El martes de esta semana, la Reserva Federal anunció un relajamiento próximo de normas que les exigen a inversionistas con grandes acciones en bancos someterse a una vieja normatividad con respecto a la transparencia y el control gerencial. Las firmas de acciones de renta variable de la iniciativa privada han pugnado por los cambios porque les gustaría convertirse en grandes inversionistas en bancos dilapidados, pero no quieren ser sometidos a regulaciones.
El relajamiento de las normas invita a más de la misma opacidad y correr riesgos a la banca, lo cual ocasionó muchos de los problemas financieros de estos momentos. En la esfera política, la sincronía de la Reserva no podría haber sido peor. Al contribuyente fiscal de Estados Unidos le están pidiendo que compre los activos tóxicos de los bancos, con escasas expectativas de rendimientos. Al mismo tiempo, empresas de acciones de renta variable están siendo invitadas a hacer lo que probablemente serían inversiones altamente lucrativas en los mismos bancos.
Ese no es un plan que los legisladores y los electores puedan respaldar; el Congreso estadounidense tiene más trabajo pendiente.
© The New York Times News Service.