Hipótesis. La proliferación de cursos de posgrado (diplomados, especializaciones y maestrías) que ofrecen actualmente las universidades ecuatorianas no es un indicador de progreso académico, científico, social y económico. Al contrario, es un síntoma de nuestra crisis universitaria y de los problemas de la sociedad ecuatoriana.
Desarrollo. La organización piramidal de nuestro sistema educativo sostiene la ilusión de que las deficiencias en cierto nivel pueden ser compensadas y remediadas en el nivel inmediatamente superior. Así, se cree que los vacíos de la educación primaria serán subsanados en la educación secundaria, los de esta en la formación universitaria, y, finalmente, las deficiencias de la formación superior serán compensadas en cursos de posgrado, los que dotarán a nuestros profesionales de capacitación suficiente y les darán amplias oportunidades en el campo laboral. De esta fantasía participan el público, los estudiantes y, particularmente, los docentes en todo nivel. En la práctica, esta expectativa ha demostrado ser una falacia, porque lo que más bien se arrastra en este recorrido es el conjunto de fallas y deficiencias de nuestro sistema educativo, del que la universidad forma parte, aunque pretende ubicarse al margen. Hay “licenciados” que son analfabetos funcionales.
Efectivamente, el boom de la posgradomanía ecuatoriana de los últimos veinte años no ha producido una nueva generación de profesionales técnicamente capacitados, científicamente consistentes, atentos a las demandas sociales y exitosamente ubicados en el mercado de su especialidad. La porción de los que tienen éxito gracias a su diploma es una minoría antes que la regla. El grupo de los posgraduados subocupados crece en proporción directa con su frustración. Incluso los jóvenes que regresan formándose durante algunos años en acreditadas universidades extranjeras tienen mucha dificultad para encontrar trabajo.
El fenómeno se ubica en un espacio de intersección política, social y económica entre los problemas de la universidad ecuatoriana, las crónicas deficiencias de nuestro Estado y los espejismos de nuestra sociedad. En este espacio han proliferado las universidades de medio pelo que ofrecen posgrados de pacotilla, que funcionan en edificios viejos a los que se ha dado una “mano de gato”, a los que se ingresa por zaguanes en los que hay una fotocopiadora y “se cambian pilas de reloj”. El “boom universitario ecuatoriano” es un engaño y un autoengaño del que todos participamos; algunas de sus ofertas bordean la estafa y están más cerca de las bondades maravillosas de la pulsera de cobre, que de los rigores de la ciencia y la tecnología.
Conclusión. Aunque el Conesup, la entidad correspondiente, intenta adecentar este paisaje, su propia conformación lo limita en tanto algunos de sus miembros son jueces y parte en el tema. El enfoque también excede a las autoridades ministeriales educativas de turno, aunque cada una de ellas comparte responsabilidad. El problema concierne a toda nuestra cultura ávida de facilismo y magia; cultura fulera, acomplejada y deslumbrada por la titulación fatua e insubstancial, creyente de que “título” equivale a formación, capacidad y eficiencia.
La pirámide cae porque su base es endeble. Sacrificamos a la educación primaria y a los maestros por adorar el becerro de oro de las “maestrías”. Sin una transformación total y profunda de todo el sistema educativo, solo estamos dando “manos de gato”.