La orientación dada por San Agustín: “En lo necesario (fundamental), unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad”, sirve para evaluar la etapa que termina y la que comienza con el referéndum del domingo. La fe cristiana es proposición de Dios a la libertad y responsabilidad humanas; no es imposición. Obispos y clero, parte de ese pueblo de Dios que llamamos Iglesia, unidos a entidades laicales, especialmente las servidoras de los valores humanos, propusimos a los honorables asambleístas valores humanos fundamentales, que debieron dar solidez al proyecto de nueva Constitución: la persona humana anterior al Estado, la vida humana desde su concepción hasta su fin natural, la familia, la libertad religiosa, la libertad educativa, la justicia social.
Unidad – Libertad. Hubo y no hubo en relación con estos valores. En la teoría hubo unidad en su reconocimiento. En la práctica hubo atropello a estos valores; atropello difícilmente perceptible por la mayoría de los ciudadanos, porque está oculto en artículos contrapuestos y en términos poco conocidos, como “equidad de género”, que encierra progresiva destrucción de la familia, aborto, etcétera.
La libertad de conciencia, precisada en el Concilio Vaticano II, enseña que toda persona de buena voluntad debe actuar de acuerdo con la verdad y el bien conocidos, con la obligación de seguir investigando.
Estoy moralmente seguro de que los valores fundamentales antes señalados no fueron negados, pero su atropello no fue descubierto, hasta por algunos miembros del clero, en el texto del proyecto constitucional, por las causas antes anotadas.
Debiera haber unidad en el empeño por lograr una justa distribución de bienes; no ha habido un diálogo que logre reconocer en la práctica la necesidad de producir más y distribuir mejor. Este logro es imposible sin la conjunción de libertad creativa y de asignación equitativa de los beneficios del esfuerzo común.
Todos reconocen la teoría, según la cual debe haber equilibrio en las tres funciones del Estado, para que se respete la dignidad de las personas y se fomente un ambiente en el que todos puedan expresar su potencialidad creadora. Constitucionalistas de reconocida competencia han encontrado en el proyecto una fuerte tendencia estatizante, según la cual el Estado, y en el Estado una función, es la fuente del derecho.
Según esa tendencia, el Estado –en concreto, unos pocos– determinará, por ejemplo, lo que niños y jóvenes tendrán que pensar. El Estado es dueño y señor de los bienes.
Unidad – Caridad. Queda la tarea de sanar la unidad de los ecuatorianos, debilitada por una propaganda, que los ha dividido en buenos y malos; unidad herida por insultos y menospreciada por la compra de voluntades con regalos y promesas, con el ocultamiento del contenido de las propuestas y con la separación de derechos y obligaciones. La historia demuestra que esta separación ha conducido al debilitamiento y sometimiento de los pueblos. ¿Después qué?
¡Respeto del resultado del referéndum y de su proporción!
La Iglesia, clero y laicado tienen un motivo más para renovarse y seguir proponiendo los valores humanos irrenunciables. Está acostumbrada a nadar a contracorriente.