EE. UU.
El primer debate presidencial en Estados Unidos no podría haber llegado en mejor momento. Nosotros temíamos que la seria cuestión relativa a la elección de un nuevo presidente en tiempos de peligro, tanto en el país como en el extranjero, iba a desaparecer en una bruma de inmaduros anuncios de tipo negativo, gritos carentes de sustancia acerca del cambio y patriotismo, aunado a una incesante pose política.
El debate, generalmente, era un alivio de los aspectos repulsivos de la campaña. Tanto John McCain como Barack Obama trabajaron con miras a marcar un tono más civil y sustantivo. Y los estadounidenses pudieron ver algunas claras diferencias entre los candidatos con respecto a cómo enmendarían los desastres de normatividad que dieron paso a la crisis de Wall Street, cómo abordarían los sombríos problemas fiscales del país, así como en lo tocante a la seguridad nacional.
Además, hubo claras diferencias en los mismos candidatos. McCain tropezó a lo largo de la porción sobre economía del debate, al tiempo que Obama transmitía un aire de claridad y confianza. McCain fue más fluido con respecto a los asuntos extranjeros, y se anotó puntos al tildar repetidamente a Obama de ingenuo y falto de experiencia.
Sin embargo, las palabras de McCain acerca de la experiencia a menudo lo hicieron sonar como un eco metálico del siglo 20. En un punto dado, él habló acerca de cómo Ronald Reagan contribuyó a ponerle fin a la Guerra Fría. Nosotros sospechamos que muy poca gente menor de 50 años de edad captó la referencia. Si él intentaba acercarse al afable estilo de Reagan, falló por mucho, apretando las mandíbulas y con un aire caprichosamente empecinado donde Reagan era una figura benevolente.
Obama ha mejorado en el debate pero necesita trabajar en su contragolpe. De cualquier forma, cuando McCain sugirió que Obama era imprudente por hablar en público acerca de ataques sobre sitios de la red Al Qaeda en Pakistán, Obama evitó diestramente ese comentario recordándoles a los electores que su rival, bromeando, había entonado una canción acerca de bombardear Irán.
McCain llegó al debate después de uno de los peores desempeños por parte de un candidato presidencial. Con la inestabilidad de los mercados y Washington intentando con desesperación encontrar una solución entre ambos partidos políticos, McCain intentó que el mayor interrogante de la semana girara en torno a saber si él se presentaría o no al debate de este viernes.
Obama dominó la porción de economía en el debate, argumentando que el desastre de Wall Street era responsabilidad de la cultura opuesta a la regulación y a favor de las empresas de la administración Bush. El demócrata se pronunció por una amplia reorganización del sistema regulador del mundo financiero. McCain se ciñó a sus argumentos, censurando la codicia y la corrupción. Mostró pocas indicaciones de entender los fracasos esenciales del gobierno que fueron puestos de relieve por la crisis del mercado.
Obama dijo que empezaría a buscarle solución al profundo déficit del país a través de un aumento de impuestos a los más ricos, al tiempo que los bajaría en el caso de la gran mayoría de los trabajadores. Sin embargo, evitó la cuestión de cuáles programas tendría que sacrificar a fin de ayudar a cubrir el precio total del rescate, de 700.000 millones de dólares. McCain evitó la misma cuestión con el mismo vigor.
El republicano se ciñó a su argumento de que la eliminación de asignaciones especiales del Congreso –que ascienden aproximadamente a 18.000 millones de dólares anuales– y una reducción en el despilfarro, resolverían los problemas de Estados Unidos y le permitirían continuar con los catastróficos recortes fiscales del presidente Bush.
Fue perturbador notar que McCain, al parecer, no ha aprendido nada de la desastrosa guerra en Iraq. Habló acerca del reciente progreso allá, que es indiscutible, y de su apoyo por el repunte de tropas que ha reducido la violencia. Sin embargo, McCain aún habla de ganar, en vez de cómo planear una salida necesaria y responsable. De manera similar, se negó a reconocer que la decisión de invadir Iraq fue un enorme error.
Obama, en tanto, no ofreció detalles sobre cómo planea salir de Iraq, pero sí dijo una importante verdad al afirmar que Estados Unidos nunca debió invadir y nunca podrá ganar en Afganistán mientras siga empantanado en Iraq.
No oímos tantos detalles como nos habría gustado, y por mucho. Con todo, el debate fue un avance hacia una seria discusión de los muchos problemas de este país. Los estadounidenses necesitan oír más de eso, y menos de la lucha táctica, antes de acudir a las urnas.
© The New York Times
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