Estas vibraciones me perseguían desde mi columna sobre Michael Moore hace unas semanas, en la que proclamaba mi bienvenida a los “incorrectos”, aquellos seres privilegiados que nos hacen palpar visiones inconformistas e irreverentes. Un vacío quedó por allí, porque no aterrizaba el asunto a los creadores locales que determinan búsquedas artísticas igualmente novedosas. Moore es un cineasta y en el cine ecuatoriano lo que se avecina a Guayaquil esta semana es Cuando me toque a mí, de Víctor Arregui.
De la película ya hablé previamente en mi nota sobre el Festival de Cartagena y sus imágenes son casi tan duras como las de las ventiscas glaciales en los páramos de la Sierra. Es una obra personalísima de Arregui y tiene que ver con una percepción introspectiva y urbana de la realidad quiteña que puede inhibir al gran público de apreciarla.
Los descubrimientos más reveladores vinieron en el papel: los libros de dos autores guayaquileños, Leonardo Valencia y Carlos Burgos. Valencia primero, con la reciente publicación de El síndrome de Falcón, su recopilación de algunos trabajos sobre el panorama literario. El dinamitazo llega con el ensayo que da el nombre al libro: Juan Falcón era el hombre que cargaba en sus hombros a Joaquín Gallegos Lara, célebre escritor inválido de Las cruces sobre el agua, novela que trascendió enormemente en el panorama cultural y político del país en los años cuarenta.
En el penetrante estudio de Valencia, el desarrollo de la literatura nacional casi se detuvo allí, porque los escritores que vinieron después tenían que cargar también el peso de una exigencia mortal: describir la realidad social siempre acompañada de un mensaje “relevante” que pervertía la inspiración artística y la ligaba a un fin primordial, el sermón político de ese momento asociado siempre a movimientos de la izquierda. La reflexión de Valencia es supremamente necesaria, porque reivindica la obra del escritor Pablo Palacio y las liberadoras proezas estilísticas de sus novelas.
Se publicó también entensión (así, en minúsculas, pero con la letra t destacada), de Carlos Burgos, licenciado en letras de la Universidad Católica de Guayaquil y quien actualmente hace su maestría en EE.UU. Aquí el asunto es también crucial: una visión crítica de La victoria de Junín - Canto a Bolívar, el poema épico de José Joaquín de Olmedo, la novela La emancipada, de Miguel Riofrío, y El cosmopolita, serie de ensayos sobre la sociedad ecuatoriana de Juan Montalvo. Para Jijón, estas grandes figuras del siglo XIX adquieren dimensiones innovadoras en un panorama histórico en el que el análisis de sus enfoques se han alejado tristemente de los estudios actuales, por discusiones letárgicas que desconocían estas vibrantes propuestas.
Leer estos dos libros es como hacerse una diálisis regenerativa. Valencia y Jijón nos obligan a mirarnos para adentro con un espíritu reconstructor extremadamente saludable.