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Edición del DOMINGO 28 de Septiembre del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Destino 
Travesía en las islas Cícladas
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Santorini fue un importante puerto pesquero del mar Egeo destruido casi en su totalidad en el terremoto de 1956. Hoy algunas casas han sido convertidas en lujosos hoteles.
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Texto y Fotos: Susana Cárdenas Overstall

En el centro mismo de las turquesinas aguas del mar Egeo, estas islas griegas constituyen el archipiélago más visitado por turistas de todo el mundo. Quienes las conocen mejor, dicen que recorrer solo algunas no es suficiente: lo ideal es llegar a cada una.

Con la luz del alba zarpamos del puerto de Pireas. El viento golpea los barcos que yacen anclados en el principal centro de operaciones de la industria naviera griega, muelle donde los magnates Aristóteles Onassis y Stavros Niarchos empezaron a amasar sus fortunas.

En cuatro horas el ferry rápido nos lleva a Thira, mejor conocida como Santorini. Atrás quedó la visita a los templos de la Acrópolis de Atenas, al Museo Nacional de Arqueología, a los callejones de Plaka, pero son los últimos coletazos del verano europeo y nuestro destino final son las islas Cícladas en el mar Egeo.

A medida que la embarcación maniobra para entrar en el cráter de Santorini (que alguna vez fue un volcán) el escenario se torna dramático: los acantilados de piedra negra se levantan cientos de metros desde las aguas turquesas, no existe una señal de vegetación y solo destacan en la cima las poblaciones de Oía y Fira.

Un miniarchipiélago con forma de media luna y unos cuantos islotes moldean la caldera que según la leyenda guarda entre sus aguas a Atlántida, la ciudad sumergida. Se sabe que cerca de 3000 aC. la isla fue un sofisticado puesto de avanzada de la civilización Minoica y que en 1647 aC. el volcán despertó expulsando 60 kilómetros cúbicos de magma.

Según algunas teorías, un tsunami pudo haber causado indirectamente el colapso de la civilización Minoica en Creta, situada 110 km al sur. El corazón de la isla quedó hundido en el mar, dejando el cráter a su alrededor. De la catástrofe surgió el mito que arrastra a miles de turistas a visitar Santorini.

El autobús recorre un camino sinuoso y angosto hasta llegar a la cúspide. Construcciones nuevas, terrenos áridos, unos cuantos viñedos y llegamos a Fira. En la taberna sirven souvlaki de cerdo, tzatziki y ensalada griega, que son bien recibidos en el estómago de los viajeros.

No le hace justicia a la gastronomía griega que solo la moussaka sea lo más representativo de su cocina. Grecia tiene una herencia culinaria basada en aceite de oliva, en los productos frescos locales, como la berenjena, el pimiento, hierbas, calamares, pescados y carnes preparadas de mil maneras.

Viaje en moto
Podríamos haber alquilado un coche, pero en moto el viaje por la isla es más divertido y desafiante. El camino es un zigzag que bordea los precipicios de un mar picado y ventoso. Al final descansa Oía, un bello poblado de casas blancas, pintorescas, pasajes laberínticos, iglesias, restos de antiguos castillos venecianos y escaleras que rozan el mar. Es el asentamiento más visitado y fotografiado de la isla. A ese lado del archipiélago permanece la caldera, un codiciado espacio para admirar el atardecer.

Evidencia de la cultura minoica ha sido descubierta en yacimientos arqueológicos en Akrotiri, al sureste de la isla.

Frescos de vivos colores que algunas vez adornaron las casas de sus habitantes se exhiben en el Museo Nacional de Arqueología de Atenas y reproducciones en el Museo de Fira.  En la antigüedad, la isla estuvo sucesivamente sujeta a los diversos poderes que dominaron el Egeo: la liga de Delos, el reino Ptolemaico de Egipto, Roma y por último el imperio bizantino. También estuvo bajo dominio de la república veneciana y luego de los otomanos. Con el Tratado de Londres en 1840 se incorporó a Grecia.

En dos horas llegamos a Naxos, la isla más grande de las Cíclades, distinta del resto por la verde vegetación y la particular arquitectura. A la entrada destaca la puerta de piedra que formó parte del templo de Apolo, construido en el 530 aC. por el tirano Lygdamis. La diferencia arquitectónica es acentuada por los castillos venecianos que yacen en el centro, herencia del Gran Ducado Veneciano que dominó las Cíclades entre  1204 y 1537.

En el corazón de la urbe permanecen viejas mansiones venecianas construidas sobre columnas griegas de lo que fue la acrópolis. Hoy viven nobles católicos venecianos que han transformado sus casas en negocios de familias y centros culturales.

Tal es el caso del Museo Veneciano y el Anticuario Veneciano, ambos de la familia Della Rocca. Cerca se encuentra el Museo Arqueológico de Naxos, un antiguo colegio católico fundado por jesuitas en 1627. Allí se puede observar una vasta colección del periodo temprano de las Cíclades, arcaicas y clásicas esculturas neolíticos, romanas y un espectacular mosaico de tiempos helénicos.

Al conversar con los griegos resulta singular el imparable movimiento de la pulsera que llevan en las manos, la cual tuercen, le dan la vuelta mientras hablan y según deduzco se debe a los gigantescos cafés helados que beben en verano que los pone nerviosos.

Uno de ellos nos recomienda visitar su Panayia Dhrossiani y la playa de Moutsouna. Moto, cascos, mochila, bloqueador solar y botellas de agua son imprescindibles para iniciar la odisea en el interior de Naxos.

Nos detuvimos en las ruinas del clásico templo de Demetrio (530 aC.), visitamos los viñedos, castillos venecianos, iglesias perdidas en   medio del campo, recorrimos sinuosos caminos hasta llegar a la playa de Moutsouna y bebernos Frappuccino admirando las islas de Koufonissi. A la mañana siguiente dejamos el hotel en la playa de Plaka, rumbo a Amorgos.

En Amorgos
El bote rápido me provocó náusea, era como un jet volando al ras del mar. Al llegar a Amorgos admiré lo que esperaba de las Cíclades: islas de pescadores, mujeres vestidas de negro (viudas que nunca se quitan el luto), gatos merodeando los restaurantes al pie del muelle y las ruinas minoicas en la cima de las montañas.

Los turistas de agosto se habían ido y solo quedaban unos cuantos franceses que visitan Amorgos como los musulmanes visitan La Meca. Es que allí el director francés, Luc Besson, filmó parte de la película El Gran Azul (Le grand Blue, 1988) y desde allí se ha convertido en La Meca de los cinéfilos.

En busca de hoteles encuentro a un hombre de cabello blanco y ojos azules que pregunta: –¿De dónde eres?– Sudamérica, respondo. –Sí, pero ¿de dónde?–. Ecuador, digo. –¿Guayaquil? ¿Esmeraldas? indagó–. Yo aluciné. ¡Qué me voy a imaginar que en ese recóndito lugar me toparía con alguien que conociera mi país! Don Miguel Stamatuli era un marinero de barcos de petróleo que en los años setenta había recorrido Sudamérica transportando hidrocarburo desde Esmeraldas a Callao. Una enciclopedia viviente que en su masticado español e inglés narraba las historias más fascinantes de su vida. Hace veinte años hospedó en su casa a Luc Besson. Esta vez, en las habitaciones del segundo piso de su vivienda, a nosotros.

Amorgos es la isla ubicada al este de la Cíclades, es uno de los eslabones de otros islotes que acercan a Grecia con el Asia Menor. Desde la bahía de Katápola se observan los restos de la antigua Minoa. El yacimiento está en proceso de excavaciones gracias al patrocinio de la fundación de Niarchos. Sin embargo, se aprecian a simple vista vestigios de una muralla, cimientos del templo de Apolo, desmoronadas estructuras romanas y pedazos de cerámica. Y me pregunto: ¿cómo habrán sido los habitantes hace tres mil años? “Era gente que valoraba culturas diferentes a las de ellos, con relaciones directas con Creta. Hasta dicen que era el palacio de verano del rey. Según los frescos podemos deducir que eran gente feliz, con vestidos fluidos y bellos peinados”, explica Dionisio Calliga, estudiante de cultura europea de la Universidad de Atenas.

Otra vez alquilamos moto y recorrimos la isla de norte a sur. Es imprescindible visitar el  monasterio de Panaghia Chozoviotizza, fundado por el emperador bizantino Alexius I en 1088. Está construido sobre el acantilado, “que no solo lo visitan peregrinos, sino hasta Le Corbusier llegó a admirar su arquitectura”, explica la profesora de arqueología clásica Lila Marangou.

Y seguimos la ruta de las locaciones, donde Besson filmó la película. Kilómetros de carretera hasta llegar a la playa de Kalotaritissa, una bahía de arena blanca unida a un islote. En medio de la travesía, impactan los restos del barco Olympia, donde en la película el actor Jean Reno se sumerge a salvar una vida por 10 mil dólares.

Pareciera el camino al fin mundo, alejado, misterioso y solo acompañado por la furia del viento. La playa Agios Pavlos era casi nuestra, a excepción de unos pescadores que salían a buscar calamares. Perfecta terapia para el alma, aquí quiero regresar el próximo verano. Tal vez a escribir un libro, seguro a buscar el anillo de matrimonio que mi esposo dejó caer en el mar.


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