PREGUNTA: Tenemos dos hijos de 7 y 11 años que son buenos y no nos han causado mayores problemas. Sin embargo, en el colegio nos informaron que el mayor es un niño muy inseguro y que ambos son bastante ansiosos.
Somos una pareja que trabaja duro, y llegamos a casa muy cansados, pero que amamos mucho a nuestros hijos. Mi esposa es estricta, pero a veces está tan cansada que les permite todo a los niños. Yo los consiento mucho y trato de solucionarles todos sus problemas pero también a veces les grito sin razón. Por favor aconséjenos.
ÁNGELA: La sociedad en general, y la familia en particular, han sufrido una serie de grandes y rápidos cambios en los últimos tiempos que han dado lugar a que como padres nos estemos enfrentando, no solo con unos niños muy distintos a lo que fuimos nosotros en la infancia, sino también a una serie de nuevas situaciones que no comprendemos ni sabemos manejar.
Esto ha dado lugar a que seamos mamás y papás más inseguros y que por lo mismo, a menudo reaccionemos en formas muy diversas ante un mismo problema con los hijos: en unas ocasiones les regañamos; en otras no les damos importancia; en algunas volamos a solucionarles todo, y en ciertos casos les tratamos con atención y cariño. Es decir, actuamos de diferentes maneras según el estado de ánimo en que nos encontremos.
Cuando los padres actuamos en forma consistente ante los problemas con los hijos, ellos saben a qué atenerse y pueden aprender a confiar en nosotros o, por lo menos, a no dejarse afectar mucho por nuestras reacciones porque son predecibles. Pero cuando cambiamos constantemente nuestra manera de responder, los niños no pueden anticipar qué les va a ocurrir y viven en continua expectativa respecto a lo que les sucederá. Y estas situaciones de incertidumbre traen como consecuencia un estado de ansiedad permanente en los hijos.
La capacidad de ajustarnos a nuevas situaciones sin sucumbir ante lo imprevisto es, en buena parte, resultado de la estabilidad que tengamos en la infancia. Si nuestra forma de actuar es por lo general distinta e incierta, los niños crecerán inseguros y es muy posible que su personalidad se desarrolle en igual forma.
Serán personas que, cuando lleguen a la adultez, tendrán dificultades para tomar decisiones y que dudarán sobre lo que deben hacer ante las situaciones difíciles que enfrentan. Las autoridades en el tema de crianza sostienen que los padres inseguros e imprevisibles son unos de los que más debilitan la estabilidad emocional y la seguridad personal de los niños.
No es fácil actuar en forma consistente y segura en todas las circunstancias y menos hoy en día cuando ambos padres a menudo trabajan fuera del hogar y tienen poco tiempo para dedicarle a los hijos. Por ello es urgente que nos preparemos como padres y nos esforcemos por alcanzar una cierta serenidad anímica que permita que el tiempo que pasemos con los hijos, aunque sea poco, sea enriquecedor. Y que nuestras actitudes estables hagan posible que los niños vivan sin miedo a sufrir agresiones sin razón de parte nuestra y, sobre todo, sin sentir que “se les mueve el piso” cada vez que hacen algo que altera a su mamá o a su papá. Todo esto nos obliga a tener la valentía de cuestionar nuestro proceder como padres, y a trabajar para superar los defectos que nos llevan a reaccionar sin pensar. Nuestra estabilidad y consistencia son las que proveen a los hijos de la estabilidad que les urge para superar la ansiedad y temores que los abaten en un momento histórico tan incierto e inestable como aquel en el que están creciendo.
www.angelamarulanda.com