Muchos piensan que esta crisis es la consecuencia de décadas de individualismo y desinterés por nada que no sea tener más dinero. Si esto es correcto, este colapso económico sería solo un reflejo de una crisis de valores mucho más profunda.
Money, money, money
EE.UU. siempre ha generado admiración por ser un país donde la justicia y los derechos de los más débiles sí importan. Las leyes que protegen al consumidor y las políticas de apoyo al ciudadano siempre han sido motivo de inspiración para quienes soñaban con un mundo más justo. Pero las cosas empezaron a cambiar en algún momento.
Lo que un día fue una burocracia con vocación de servicio empezó a entrar también en la carrera por el dinero. La política se convirtió en una actividad tan competitiva y costosa que empezó a ahuyentar a la gente valiosa. Los políticos se distanciaron cada vez más del ciudadano de clase media y hoy en día quienes de verdad gobiernan EE.UU. son los lobbies corporativos en Washington.
Esto funciona así: personas con contactos a altísimo nivel facturan millones por impedir que se aprueben, por ejemplo, legislaciones para proteger el medio ambiente. Para los grupos empresariales, siempre será un ahorro pagar por esto comparado con lo que les significará en ingresos no generados la aprobación de más limitaciones a las emisiones de carbono.
La cultura empresarial de búsqueda sistematizada de lucro se ha trasladado silenciosamente al ámbito político. Y la consecuencia son guerras injustas motivadas por intereses económicos, una irresponsabilidad sin precedentes en las regulaciones que maneja la industria alimenticia y farmacéutica, entre otros síntomas de degeneración cívica.
Muchos analistas coinciden en que EE.UU. ha llegado a un nivel alarmante de corrupción del Estado a través de una materialista “corporativización” de la gestión pública, muy diferente a la que ese país tuvo algún día.
Cómo nos afecta
Pero aquí no se trata de sentarnos a criticar a EE.UU. Ese país ha hecho innumerables aportes culturales a la humanidad, y hay muchos buenos aspectos que siguen sirviendo de inspiración para el mundo. Lo importante es aprender a discernir entre lo malo y lo bueno que esa cultura tiene para ofrecer a la humanidad.
Por ejemplo, en EE.UU. se ha generalizado la cultura del “no me importa lo que pase alrededor, yo quiero hacer dinero”, a un punto que con tal de que no les suban los impuestos y los dejen hacer sus negocios, a los electores norteamericanos poco les importa.
El consumismo es la religión del siglo XX, y sus valores dicen que es inevitable que los políticos velen por sus propios intereses, y que es natural que los fabricantes de productos de consumo maquillen las cosas con tal de aumentar sus ventas. Esa flexibilización mal entendida de los principios éticos por parte de un gran porcentaje de la población en EE.UU. es parte del origen del problema.
En el 2004, el año en que Bush fue reelegido presidente, el documentalista Michael Moore lanzó Fahrenheit 9/11, un filme que desnuda la doble moral de los republicanos en el poder en EE.UU. y deja claro el camino sin retorno que se da cuando el mercantilismo propio de las corporaciones empieza a manejar la política de un país. Pero lo realmente sorprendente fue que a pesar de que estas denuncias lograron sortear los cautos filtros del Mass Media norteamericano y llegaron a la gente, Bush fue reelegido.
Lecciones universales
Muchos latinoamericanos han aprendido esos falsos valores de la sociedad de consumo. La cultura de “todo el mundo quiere plata, ¿y qué?” se ha extendido de manera tal que parece que en lugar de evolucionar éticamente hemos retrocedido.
Es imperativo que revisemos nuestros valores y nos mantengamos en guardia frente a la influencia cultural del consumismo individualista y el poder corruptor que puede llegar a tener el dinero –al igual que cualquier vicio–. Los valores importan, los políticos deben decir la verdad. No es correcto que haya guerras por intereses económicos, y los gobiernos sí deben preocuparse por el medio ambiente.
La política no debería ser un negocio sino una actividad para idealistas que luchan porque el mundo sea mejor. Si no queremos convertirnos en frías sociedades materialistas, no podemos seguir pensando que en el fondo lo que todo el mundo quiere es plata. Creer en los ideales no puede pasar de moda. No es tan descabellado pensar que hay cosas más importantes que el dinero.
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