Muy cerca de Montañita se halla San José. Una playa interminable de arena fina casi siempre desierta es uno de los atractivos de esta zona. El pueblito muestra una quietud envidiable; me quedaría gustosamente a vivir allí si mi trabajo no me obligase a vivir en la gran ciudad. Visité a mi amigo Servio Zapata, quien sigue pintando árboles de formas torturadas en paisaje tropical, como lo hubiera hecho un flamenco del siglo XVII añadiendo, sin embargo, un toque de luz muy propio, restitución exacta de la naturaleza nuestra sin ninguna presencia humana.
Cuna Luna es una pequeña joya dentro de aquel paisaje. Los búngalos, impecablemente acogedores, tienen baño moderno propio, una vista deslumbrante hacia el mar, cuyas olas mueren al pie de las cabañas. Nos atiende Jessica cuando llegamos al comedor. Ella trabajó algún tiempo en Diario EL UNIVERSO, preocupándose ya del asunto turístico. Vive con su esposo, hombre amable que la puede segundar tanto en la labor de la hostería como en el cuidado del primer hijo.
Como siento una atracción muy grande hacia las criaturas, a las que llamo “bebés cero kilómetro”, tuve entre mis primeras impresiones frente al mar inmenso la emoción de cargar contra mi hombro al neonato, quien me agarró el dedo con la mano y no lo quiso soltar.
El comedor es amplio; la cocina, moderna; el menú, variado, inesperado. Jessica domina el idioma árabe, luego era de esperar que en la minuta aparecieran entradas como el hoummous (espuma de garbanzos preparada con tahini al estilo libanés), el bahagonoush (berenjenas asadas con tahini), pero también camarones con coco en salsa de maracuyá o de mango, y toda clase de cebiches. Pueden optar por tiraditos de lenguado crudo marinados en limón con salsa de ají rocoto, pulpitos de roca a la parrilla.
Vale la pena, mientras miramos el mar a través de inmensos ventanales, darle una probada a la parihuela, en la que se añade un toque de pisco. Nosotros nos dejamos seducir por los langostinos flambeados con brandy servidos en su cáscara. Como plato fuerte les recomiendo el róbalo al ajillo con piñones doraditos, langostinos rellenos con pulpo y calamar servidos sobre pastas, pero es plato local el guayaipe a la plancha servido con virutas de ajo crocante.
La especialidad de la casa es un róbalo cocido a la manera libanesa, enrollado con nueces picantes, ajo, aceite de oliva, todo en salsa de yogur y ajonjolí. Bebimos una botella de Carmen blanco con toques de almendras y cítricos, fresco, algo ácido, sabrosón ($ 18). También hay lomo, pero supongo que no se van a ver el mar para comer carne vacuna. Hay un menú para los niños. Como postres pueden pedir el atayef (empanadita de sémola rellena de crema fresca bañada en miel de rosas y azahar), los negritos de chocolate o el postre del día. Desde luego, se impone un café árabe o un té de menta.
Los precios, muy razonables, van desde $ 3,60 hasta $ 9,50. La carretera al norte –Ruta del Sol– es transitable, pero hay que sortear de repente baches. Desde Puerto López hasta Salinas hay noventa rompevelocidades, de estos que llamamos aquí vigilantes acostados, lo que nos parece realmente inaudito.
Creo que en Cuna Luna se respira felicidad y nada es tan contagioso como la armonía de un hogar, Varios cocineros ofician para su bienestar. Lo hacen con profesionalismo. Estamos hablando de un establecimiento serio.