¡Uf, qué pereza! ¡Hay que ir a votar! Y hay que ir porque, si no vamos, nos sancionan. O sea, estamos obligados por la obligación. Yo lo ques estoy, digamos así, apático. Abúlico. Totalmente deseufórico. Impávido. Siento como si mi sistema nervioso no estuviera nervioso. Casi casi como si no tuviera sistema, mismo.
Echado sobre el diván de mi introspección para hacerme un análisis de mi estado de ánimo, encuentro que lo que me pasa es que he sido despojado de ese elemento que hace que una votación sea un acto optimista: la ilusión. Chuta, psicológicamente, siento como si a la urna de mi esperanza le hubieran tapado la ranura por donde debería depositar mi papeleta hacia el futuro. ¿Sí me entienden, no? Claro, es que ustedes están bien compenetrados con las cosas del corazón, francamente.
Tengo que ir a votar, obligado por la obligación, para que rija una nueva Constitución o para que no rija. Y resulta que la tal nueva Constitución es un mamotreto de 444 artículos escritos de la manera más enrevesada que imaginarse pueda. Algunos, inentendibles, además de absurdos. Y, encima, aprobados al apuro, en las tinieblas de unas madrugadas en que su contenido fue cambiado sin que nadie supiera cómo, a espaldas de los asambleístas a los cuales elegimos para que nos representaran, en una votación en la que todavía conservábamos un algo de optimismo, ese mismo optimismo que hoy se ha desvanecido por completo. Una Constitución que, además, contiene, de agache, unas transitorias bastardas, que conceden al Presidente de la República poderes absolutos y establecen la vigencia de un congresillo sacado de la manga, para ganar, como hacen los tahúres, la partida con trampa. ¿Y por eso tenemos que votar?
¿Y tenemos que votar después de una campaña igualmente fraudulenta, en que el Gobierno ha empleado nuestros recursos como si fueran de su propiedad para convencernos, a través de una publicidad tan dispendiosa como atosigante, que con la vigencia de esa Constitución cambiará la historia? Bueno, sí ha cambiado, francamente, porque, como nunca antes, el Presidente se ha revestido con su ropaje de mecenas y, saltando de tarima en tarima, ha ido regalando bolsas de urea, de alimentos, repartiendo cheques, taxis, patrulleros, reciclando e inventando promesas y subsidios e insultando a mansalva, mostrando su prepotencia, dividiendo, escarneciendo a todos los que no piensan como él.
¿Y tenemos que votar después de una campaña en que una oposición desarticulada y ciega ha apelado a los más oscuros, mentirosos y siniestros argumentos para hacernos creer que esa Constitución nos traerá las siete plagas con que Dios castigará a los réprobos? Dios, la Iglesia, Lucio y la reacción más aberrante han alzado sus voces para regresarnos al oscurantismo, al temor del apocalipsis, como si viviéramos aún en los tiempos del medioevo.
Si algo hay que reclamar a la revolución ciudadana es que, mediante sus prácticas, nos ha despojado de toda ilusión. Y si algo hay que reclamar a la oposición es que ha regresado con sus armas espeluznantes, de mentiras y miedos.
Y así hay que ir a votar. ¡Uf, qué pereza!