- SEP. 28, 2008 - Foto - Religiosa y Obituarios - EL UNIVERSO
Se suponía que los sumos sacerdotes, por sus años de servicio, debían abrazar con prontitud el evangelio, y avanzar por el camino del reino de Dios. Y lo mismo los ancianos de Israel.
Sin embargo no fue así. Escucharon al Bautista que enseñaba la justicia, pero no le hicieron caso. Comprobaron como muchos publicanos, y no pocas prostitutas, se sintieron removidos por la vida y la palabra del Bautista, pero ellos, a pesar de tanta prueba, no creyeron.
Por eso el hombre-Dios, con su paciencia infinita, les tuvo que avisar –como nos cuenta hoy el evangelio de la Misa– que aquellos que consideraban despreciables, los publicanos y las prostitutas, les habían sacado ventaja.
Mas antes de informarles sobre su retraso, Jesús les puso la parábola que nos ofrece hoy el evangelio. “¿Qué les parece? –preguntó el Señor– Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, vaya hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Contestaron: el primero.”
Con esta tan elemental comparación, Jesús dejó perfectamente clara la razón de que los publicanos y las prostitutas les aventajaran: porque habían creído al Bautista.
Mas la historia de los hijos que obedecen y desobedecen a su padre, a mí me ayuda a meditar lo que San Pablo nos recuerda en la segunda lectura de hoy: “Manténganse unánimes y concordes –escribe a los Filipenses– con un mismo amor y un mismo sentir. No obren por rivalidad ni por ostentación. Déjense guiar por la humildad y consideren siempre superiores a los otros. No se encierren en sus intereses, sino busquen todos el interés de los demás”.
En concreto me ayuda la parábola del padre y de los hijos que se comportan de distinto modo cuando el papá les manda, a examinar si soy como el primero de los hijos (que dice no, pero recapacita) o soy como el que está dispuesto a obedecer, pero que no obedece. Es decir, a examinar como es mi amor a Dios.
Porque mi amor a Dios se mide por mi amor a los demás por Dios. Es decir, por lo que el gran San Pablo les pedía a los cristianos de Filipo.