“Normalmente, cuando hago un filme, puedo ir a Google como punto de partida para investigar”, comentó Fernando Meirelles, unas horas antes de una proyección, en Montreal, sobre su ambiciosa nueva película Ceguera.
“Sin embargo, ésta es una película basada en nada”, dijo. “Todo es inventado: una ciudad genérica con personajes que no tienen nombres ni pasado, que contraen una enfermedad inexistente. Después de involucrarme, me di cuenta de que era como una trampa”.
Ésa es una metáfora posible. He aquí otra: para hacer que esta película fuera fiel a su fuente, la novela de 1995 Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, portugués ganador del Premio Nobel, Meirelles tenía que volar a ciegas.
En la película, como en el libro, todos los personajes menos uno, la esposa de un oftalmólogo, interpretada por Julianne Moore, se ven afectados por el mal que da título a la cinta, misteriosamente contagioso.
“En la mayoría de los filmes, todo parte de los ojos”, afirmó Meirelles. “Uno corta para mostrar hacia dónde ve un personaje; así es como se cuentan las historias. Lo importante es el punto de vista, y yo no iba a hacer este filme mostrando sólo el punto de vista del personaje de Julianne. Entonces, ¿cómo hacer que la gente se involucre con los personajes cuando no los puedes poner visualmente en la misma posición?”
Su solución, comentó, fue “poner al público en este mundo ciego, intentar deconstruir la imagen, por decirlo así. A veces la imagen es pálida, está fuera de foco, el encuadre está completamente mal, a propósito, y cerca del fin de la película incluso intenté separar el sonido de la imagen: muestro a un personaje con la boca cerrada, pero escuchas su voz. “Fue todo muy experimental”, dijo. “Muy atemorizante”.
A pesar de la naturaleza especulativa de la trama y la omnipresente aura de fatalidad, “en realidad esto no es ciencia ficción”, insistió Meirelles. “Es una metáfora”. Meirelles trató esta difícil historia sin muchas ideas preconcebidas.
La parte más larga e inquietante ocurre en un centro de detención cerrado y muy vigilado en el cual el Gobierno puso en cuarentena a las primeras víctimas de la epidemia. Éstas escenas están filmadas con el tipo de realismo envolvente que Meirelles dio a sus películas anteriores Ciudad de Dios (2002) y El jardinero fiel (2005).
Es hasta alrededor de la última media hora, cuando los personajes principales, libres de encierro, deambulan por la ciudad devastada y caótica buscando comida y refugio, que la película comienza a parecerse a narrativas apocalípticas más conocidas: escombros, tiendas saqueadas, perros hambrientos, miedo.
Sin embargo, afirmó Meirelles, “aquí la plaga es sólo una excusa para explorar el comportamiento humano: cómo afectó a la gente, cómo reaccionarían si nadie pudiera verlos y pudieran hacer cualquier cosa, sabiendo que no serán juzgados”.
¿Y cómo reaccionan? Mal. “Estoy de acuerdo con Saramago”, comentó Meirelles. “Después de todos estos años de civilización, aún somos muy primitivos. En una crisis, al parecer siempre volvemos a nuestros instintos básicos y todo se trata del alimento y el sexo.
Quiero que el filme nos recuerde que somos parte de la naturaleza, que no somos tan especiales y en realidad somos animales”.
“Esta película”, dijo, “es acerca de cómo perdemos nuestra humanidad y cómo la recuperamos, cómo aprendemos a ver de nuevo”.