“El ojo por ojo deja a todo el mundo ciego”, advirtió Gandhi. “Pon la otra mejilla”, aconsejaba Jesús. Busca “la sabiduría del perdón” sugiere el Dalai Lama. Ideales elevados realmente.
Pero el impulso contrario –la venganza– sigue siendo una de las pulsiones humanas más primarias, potentes e incontrolables.
Más allá de que derive de peleas en el recreo, discusiones maritales o enemigos mortales, el deseo de revancha es, para muchos, imposible de resistir.
Si la venganza parece parte de la naturaleza humana, dicen los científicos, es porque está entrelazada en nuestros genes. Como señaló Benedict Carey en The Times, la tecnología en materia de ondas cerebrales demostró que cuando las personas son insultadas se produce un pico de actividad en la parte del cerebro relacionada con el hambre y los deseos.
“Hemos demostrado muchas veces que al expresar la rabia, ésta a menudo aumenta y lleva a más agresión”, le dijo a Carey Brad Bushman, psicólogo de la Universidad de Maryland. “Pero las personas la expresan por la misma razón que comen chocolate”.
Si la venganza es tan dulce que la deseamos como una golosina, entonces, ¿qué posibilidad tienen las sociedades de superarla, de vivir los ideales de los grandes maestros espirituales?
En algunos lugares del mundo, hay ejemplos que generan esperanza. En diciembre pasado, se produjo un brote de violencia en Kenia, desencadenado por elecciones fraudulentas, pero arraigado en tensiones étnicas desbordadas.
Murieron más de 1.000 personas. Ahora, el Reverendo Daniele Moschetti trata de romper ese círculo de ira. En septiembre, el Padre Dan condujo a 25 kenianos de todos los orígenes étnicos al monte Kenya, de 5.000 metros de altura.
Como señaló Jeffrey Gettleman hace poco en The New York Times, el grupo de musulmanes y cristianos luchó contra el cansancio y el frío extremos, pero 23 de los kenianos se esforzaron por llegar a la cima, algunos tomados de las manos, y plantaron una bandera de la paz. “Mejor que no haya otra guerra”, dijo uno exhausto. “Porque esto no lo hago más”.
En los centros deteriorados de las ciudades de Estados Unidos, guerras similares –entre pandillas rivales– se desarrollan como una interminable tragedia griega. Pero en Chicago, un grupo llamado CeaseFire está tratando de romper ese ciclo con “interruptores de violencia”, ex integrantes de pandillas que arriesgan su vida para impedir que las reyertas se potencien.
“¿Cómo no entrar en un tiroteo si alguien te insultó, si todos tus amigos esperan que justamente hagas eso?” le explicó Gary Stlutkin, fundador de CeaseFire, a Alex Kotlowitz de The New York Times Magazine. “Lo que hacen nuestros interruptores es ejercer presión social en la dirección contraria”.
Una técnica similar está siendo probada en Albania, donde un código secular exige que “la sangre se paga con sangre”. Desde 1991, 9.500 personas han muerto en estas vendettas familiares. Otros miles de individuos son prisioneros virtuales en su casa, por temor a una venganza.
Alexander Kola, mediador en querellas por sangre, le dijo a Dan Bilfsky de The New York Times que él negocia reuniendo a miembros de la familia o amigos influyentes.
A veces los recompensa con oro. “Les digo a las familias de las víctimas que el perdón es más importante que la venganza”. Aunque es probable que no sea exactamente la idea del Dalai Lama, el perdón también podría ser una forma de venganza.
John Sawyer, hombre de negocios de Denver, le dijo a Carey que cuando unos ladrones le dispararon en 1987, empezó a fantasear con la venganza. Finalmente perdonó a sus asaltantes.
“Así demostré que no me habían derrotado”, dijo. “Fue como elevarme por encima de lo que había pasado y por encima de ellos”.