El director chileno Pablo Larraín escogió un tema interesante y difícil de por sí, para su ópera prima Fuga. Narrar la búsqueda creativa de un compositor de música clásica y ahondar en el terreno de la obsesión y el desequilibrio mental es una batalla entre el talento y la locura.
Pese a ello el resultado es esquemático, no profundiza, solo ordena. Es un esqueleto brillante sin carne y con huesos fáciles de roer. Larraín intenta que la locura que afecta a Eliseo Montalbán (Benjamín Vicuña) se traslade al espectador y no creo que lo logre, sin embargo técnicamente la obra tiene una gran calidad cinematográfica, siendo una de las producciones chilenas más caras de su historia.
La propuesta cinematográfica sobresale por lo prolija y detallista en cuanto a producción, un aspecto muy poco habitual dentro del cine chileno moderno, este elemento técnico es uno de los mejor logrados del trabajo de Larraín.
La fotografía y edición también sobresalen, un verdadero regalo para quienes buscan una mejor performance dentro de la cinematografía latinoamericana, heredera de historias de dictaduras, muertes, víctimas y desaparecidos. Pese a ello constituye una cojera el que elementos como la disciplina artística estén fuera de una cinta que trata de la creación, o que se pretenda afirmar que la creatividad va de la mano de una fisura emocional.
Mejor dicho, el artista se vale –entre otras cosas- de sus fracturas para crear, y su habilidad está en transformar ese dolor en belleza. Pero no lo hace llorando sobre las teclas de un piano o sobre la pintura del lienzo.
Crear es un trabajo duro y desgastador, pero también gratificante. Por eso, Fuga más que adentrarse en la mente del artista engorda la idea que se tiene sobre el artista: el tipo perturbado que no tiene otro medio de expresión que no sea el arte.
Lo onírico roza el límite de la razón y lo imaginario se convierte en posible, en este filme dueño de un minucioso realismo mágico, tan recurrente en el cine latinoamericano; la música es un personaje más, tan cercano a la muerte y a la libertad, que poseerla se convierte en una obsesión.
Ricardo Coppa (Gastón Pauls) en una sinsabor actuación que permite a personajes secundarios como Claudio (Alfredo Castro), un demente homosexual, esgrimir parlamentos dignos de un filósofo. Lo inexplicado es demasiado complejo en esta cinta a la que se le fugan datos que son relevantes en la historia.
DIRECTOR- Pablo Larraín
ORIGEN- Chile
INTÉRPRETES- Benjamín Vicuña, Gastón Pauls, Alfredo Castro, Luis Dubó, Mateo Iribarren, Paulina Urrutia, María Izquierdo, Marcial Table, José Soza, Willy Semler, Héctor Noguera.