sábado 27 de septiembre del 2008 Columnistas

El voto de Guayaquil

La votación del día de mañana puede ratificar la existencia de realidades distintas en este país: así como existen regiones y ciudades en las cuales el discurso de confrontación, por ejemplo, cala hondo y se convierte en mecha que emociona, enciende ánimos y moviliza votos, en otros lugares, específicamente en esta ciudad, ese mismo discurso queda disminuido ante una visión diferente de percibir y sentir la política. En otras palabras,  el resultado del referéndum de mañana posiblemente exhibirá que Guayaquil, a diferencia del resto de la nación, no hace suyo ese discurso permanente de confrontación.

Se podría decir que resulta casi habitual que Guayaquil vote y piense de manera diferente, lo cual ha sido explicado con increíble ligereza y desparpajo por parte de cientistas sociales quienes, generalmente, han atribuido ese voto diferente a una subordinación permanente que existiría entre el voto guayaquileño y manifestaciones típicas del populismo y caciquismo político (en otras palabras, los análisis se reducen a que Guayaquil es el último bastión socialcristiano). Sin restar importancia al reconocimiento que tienen los habitantes de esta ciudad a gestiones municipales exitosas, hay que aclarar que el voto de Guayaquil ha respondido, en los últimos tiempos, a razones más profundas con una identificación más clara hacia modelos de desarrollo que posiblemente el resto del país no comparte.

Ese es el verdadero planteamiento que debe encarar el régimen al momento de analizar los resultados electorales e incluirlos dentro de una perspectiva que abarca otro proceso electoral inmediato, con mayor razón si estamos a la puerta de una nueva elección presidencial en el caso de aprobarse el proyecto de nueva Constitución. En ese escenario, es conocido que el actual Presidente tratará de ser reelegido con una victoria que le permita alcanzar el cargo inclusive en la primera vuelta electoral, hecho que también es probable; aún más, ante la falta de actores políticos que puedan competir con éxito en estos momentos, no debería sorprender que el Gobierno obtenga una votación sólida inclusive en esta ciudad. Pero, ¿cómo podría explicarse el hecho de que Guayaquil no respalde de forma mayoritaria el proyecto político del Gobierno y, sin embargo, existan posibilidades de que luego de unos meses, el Presidente sí cuente en esta ciudad con un voto importante en sus aspiraciones de reelección? Más allá de que existan respuestas para esa pregunta, es evidente que el cálculo de las posibilidades abarca todo.

Por supuesto que, a estas alturas, todo es especulación, lo que no debería quitar la perspectiva del significado del voto de esta ciudad que, insisto, ya se ha comprobado, tiene signos propios y característicos. El verdadero reto que debería asumir el régimen es cómo, en medio de un discurso de confrontación, se las ingenia para percibir lo que realmente Guayaquil aspira y anhela. Si la visión se reduce a que el voto guayaquileño es simplemente el voto sumiso de una causa, me da la impresión de que Guayaquil seguirá siendo un rompecabezas político para muchos. Por eso es que podemos afirmar ahora, con mayor razón que nunca, que la Asamblea Constituyente desperdició un momento brillante para entender que la diversidad de este país no nace solo de la cosmovisión andina.
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