sábado 27 de septiembre del 2008 Columnistas

Obstáculos

Hay semanas en que todo parece habernos jugado en contra. El vehículo se entrampó en la enésima manifestación por el Sí o por el No y llegamos tarde a nuestro destino. En todas las librerías de la ciudad no se encontraron dieciocho ejemplares de un libro indispensable para una clase. El banco se quedó sin sistema cuando hacíamos fila en la ventanilla. Una conversación muy perseguida no arrojó la claridad que se buscaba.

¿Adónde con todo esto? A darnos de bruces con las pequeñas realidades, con la suma de pasos y acciones cotidianos que no pasará a la historia, que no engrosará siquiera el caudal de los recuerdos personales. Lo insignificante se enseñorea de nuestras vidas, pero sus consecuencias pueden magnificar la sensación de absurdo e inutilidad.

Y como el tiempo es una vivencia única, sujeta al reloj psicológico de las personas, más que al artilugio que llevamos en la muñeca, esas minucias pueden alimentar la despreocupación adolescente, la rabia juvenil, el escepticismo de la madurez.

Siempre le he reconocido puesto al azar aunque algunos crean que nos encontramos en los caminos de los afanes, exactamente, con la persona que andábamos buscando. Cualquier individuo o sociedad puede caer por una zancadilla problemática que le cruza la suerte. Pero es notorio que en comunidades como la nuestra –menos forjadas en el sentido del deber, en el ejercicio depurado de la responsabilidad laboral (¡y que me contesten los técnicos por qué se “caen” tanto  “los sistemas” en las empresas!)– la cotidianeidad y la calidad de los servicios públicos es más obstaculizante.

Anhelantes de seguridad, nos encerramos en el hogar. Miramos en torno y allí también identificamos la cadena de los obstáculos: algunos focos no alumbran, el timbre de la puerta no funciona por el estropicio de alguna mano descomedida, los teléfonos suenan varias veces porque algún genio “marketero” insta a las empresas a ofrecer tarjetas de crédito que no hemos solicitado, artículos que no necesitamos, diversiones en hoteles sofisticados. Y ni hablar de encender la radio y el televisor para no sufrir el impacto de esa otra clase de contaminación que enloquece el mundo entero: la publicidad.

Obligados a cultivar estrategias de sobrevivencia, que cada uno invente su paraíso. Conozco gente que luego de un día duro, se refugia en el cine sin enterarse casi de la película que se exhibe, o que se sumerge en su jardín casero; hay otros que se acuestan más temprano para terminar pronto con su día adverso. Yo leo más de lo habitual por aquel consejo que alguien me dio en mi niñez: “no hay problema que subsista después de una hora de lectura”. ¿Medidas de evasión? Hay maneras de decirlo: los problemas exigen ser atacados de frente, solucionados de forma efectiva. Pero pobre de quien carezca de oasis de recuperación, de paréntesis de abrevamiento espiritual en donde se refuerzan las energías.

Tal vez es oportuno decir que el país entero requiere de claras y conscientes redes de estrategias para enfrentar su zarandeada realidad, tan distante de lo que se le ofrece, tan revolcada en sus frustraciones. Y que nadie nos salga al paso con la palabra “optimismo”, hace rato que quedó insuficiente para vivir en el Ecuador.

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