- SEP. 26, 2008 - Foto - Cine - EL UNIVERSO
Los actores Hillary Swank y Gerard Butler en PD Te amo.
Aunque ya había escrito guiones tan celebrados como los de La Princesita y El Rey pescador, la carrera cinematográfica de Richard LaGravenese quedó profundamente marcada por su adaptación de la novela de Robert James Waller, Los puentes de Madison, una joya del melodrama romántico dirigida por el aclamado Clint Eastwood. Con Posdata: te quiero, LaGravenese afronta ahora el tema de la muerte, el desconsuelo, el amor eterno y la redención, con discreción, emotividad, optimismo y equilibrio, beneficiándose definitivamente de un enfoque clásico.
Se trata de un filme construido sobre la imposibilidad de evitar el choque entre los lugares comunes de una fantasía romántica y los que son los auténticos intereses del director, encaminados sobre todo a matizar esos acontecimientos extraordinarios, envolviéndolos con momentos más rutinarios pero, a la vez, más humanos, y que no por casualidad acaban siendo lo mejor de la propuesta.
No obstante, ese frágil equilibrio entre las dos inclinaciones de la película impide que este llegue a explorar con la profundidad y la intensidad adecuadas la médula de la historia: la superación de la pérdida de la persona amada. El director resbala varias veces al banalizar la situación de la protagonista o, lo que es peor, cae en excesos melodramáticos y clichés. Aunque en alguna que otra escena es capaz de, con toques muy sencillos, hacer que el espectador comprenda el dolor profundo que siente el personaje de Hilary Swank.
La actriz (ganadora de dos premios Oscar por Los muchachos no lloran y Million Dollar Baby) se las ingenia para hacernos sonreír y llorar, sacudiéndonos el corazón. Es una lucha desigual, es verdad, pero qué gusto da ver a una intérprete tan prodigiosa librar semejante batalla por más que el guión no esté a su altura.
Es inevitable pensar que la película habría resultado más interesante si se hubiera centrado más en explotar la química producida entre Swank y su co-protagonista, Gerald Butler (el robusto héroe de 300), ya que sus miradas trasmiten con mayor vigor aquello que los eternos diálogos se empeñan en comunicar. Esto habría sido una buena excusa para eliminar la gran cantidad de infructuosos personajes secundarios (a cargo de buenas actrices, como Kathy Bates, Lisa Kudrow, Gina Gershon) que pueblan la historia y que, en lugar de aportar con puntos de vista distintos, sirven para rellenar las escenas.