viernes 26 de septiembre del 2008 Columnistas

Escolta fiel

Por fin se acabó la propaganda electoral que, más que transmitir contenidos edificantes y educativos, impidió ejercitar el pensamiento ya que las cuñas no abrieron debates sino que en conjunto clausuraron cualquier discusión con su implacable descalificación de lo otro. Lo peor de la política surge en la desbocada carrera por ganar una elección. Mucho se ha dicho en exceso, la palabra ha quedado desgastada y los conceptos son náufragos exhaustos y enclenques que merecen atención inmediata. La palabra viva, cuidada, sana y precisa, que debe sobresalir para ser guía en los procesos sociales, está lesionada por tanto uso fuera de tono. Le corresponde ahora al presidente Rafael Correa conducirnos en paz y redefinir el lenguaje y los preceptos que nos guiarán, seguramente por ocho años más, a todos los ecuatorianos.

El Presidente sabe bien de los matices que entraña una lengua, pues él ha debido aprender a expresarse, en circunstancias distintas, en español, quichua, inglés y francés. Se trata de que aclare qué entiende por revolución –en una época en que los movimientos de masas, ceñidos a la multitud, ya no tienen como referente la insurrección armada–; qué abarca el socialismo –en un tiempo en que los testimonios literarios y periodísticos nos confirman el carácter autoritario e intolerante de los regímenes socialistas–; qué agenda propiciará las alianzas y solidaridades latinoamericanas –en una era de globalización que poco a poco nos extravía entre el orbe y la aldea–; en suma, el nuevo vocabulario político debe hacernos saber cómo conciliará la justicia social con la producción y la economía.

Por tanto, vamos a necesitar de un lenguaje apropiado –no solo por el uso correcto y de buen gusto– para redefinir nuestras vidas en función de los días que se vienen. El porvenir ya está aquí. Y nada regala tanto refugio y confortación frente al desasosiego público –puesto que no conseguimos concretar una actuación política civilizada– que la poesía que ha perdurado por siglos, la que remueve la conciencia y la imaginación, mostrándonos la necedad del ser humano y su pequeñez, lo irrisorio de su actuación y la finitud de lo que hacemos. Francesco Petrarca experimentó la transición europea de la Edad Media a la Edad Moderna, y escribió un  Cancionero  en el que apostó por la supremacía del amor humano. En uno de los sonetos llamó “fiel escolta mía” nada menos que al pensamiento.

Quienes han asumido la política como profesión pueden protegerse con un tipo diferente de escolta: la del pensamiento. En varias ocasiones el presidente Correa ha manifestado su incomodidad por verse obligado a recurrir al resguardo de los guardaespaldas, que, en nombre de la seguridad y el protocolo, casi viven con él. La única escolta fiel es la reflexión atinada y la capacidad de discernir con razones. El acompañante leal para el buen gobierno es la habilidad de escuchar a todas las voces, todas. Un proyecto revolucionario, como el que anhela Acuerdo PAIS, debe privilegiar la puesta en escena de las ideas como forma comunicativa central. La palabra debe ser revalorizada y atesorada. Pensar es la única protección sensata. Pensar es la valla que impedirá nuestra caída por el despeñadero.
Columnistas

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.