viernes 26 de septiembre del 2008 Columnistas

‘Yanqui, go home’, pero no tanto

EE. UU. |

Latinoamérica no es un bloque homogéneo. Es un mosaico de diferencias con mayor tendencia a la izquierda que hace una década, que volverá a moderarse al no existir antídotos contra  la corrupción, la desigualdad o la inseguridad ciudadana.

El grito “yanqui, go home” que entonaron al unísono Hugo Chávez y Evo Morales al expulsar por intromisión a los embajadores estadounidenses resonó por el mundo como un gesto político antinorteamericano que no coincide con la norma de muchos países latinoamericanos que, por el contrario, parecen reclamar: “Gringos, vengan y apoyen”.

Las relaciones políticas y económicas entre Estados Unidos y América Latina siempre fueron tortuosas, como las de un matrimonio por conveniencia, con épocas de enamoramiento y desdichas, en las que indistintamente se reclama a los estadounidenses o por intromisiones indecentes o por indiferencia regional.

El sistema económico tiene vida independiente del político. Por eso se explica que Chávez maldiga a George Bush y que este, adicto a la energía, abra la billetera, al mismo tiempo que lo pone en una “lista negra” por incentivar el narcotráfico, motivar sistemas políticos antidemocráticos en la región o aliarse con sus enemigos: rusos, iraníes o narcoterroristas colombianos.

La expansión económica de la región, basada en los altos precios de las materias primas, le ha permitido a Latinoamérica recortar sus deudas tradicionales y reducir la dependencia política. Sin embargo, todavía es demasiado volátil y dependiente de los vaivenes de la economía estadounidense, especialmente en épocas de descalabro como la actual.

Esta bipolaridad permite que Chávez, incluidas sus denuncias conspirativas, arrastre simpatías obsecuentes detrás de proyectos ideológicos como el ALBA y el petróleo subsidiado. Y que sea el gestor de una profunda polarización política interna, en la que proscribe a sus opositores y expulsa a quien denuncie atropellos así fueran extranjeros como Human Rights Watch. Mientras, en lo externo, arrastra a gobiernos como los de Correa, Morales y Ortega que plantean la dicotomía, “Estados Unidos, revolución o muerte”.

Pero Latinoamérica no es un bloque homogéneo. Es un mosaico de diferencias con mayor tendencia a la izquierda que hace una década, que volverá a moderarse al no existir antídotos contra  la corrupción, la desigualdad o la inseguridad ciudadana.

En ese bloque desparejo Chávez ya no gravita. Lo mandan a callar o suele ser un agregado más como en el flamante Unasur. Incluso, hasta en sus naciones aliadas, militares y opositores lo califican de imperialista o colonizador.

Su visión política mesiánica y su abundancia económica lo enceguecen y no puede ver hacia dónde van los demás. El Mercosur sigue siendo una alternativa endeble, pero es una respuesta. Los países andinos que él desairó están de parabienes con naciones del otro lado del Pacífico. Colombia y México aprovechan los planes millonarios estadounidenses antinarcóticos; Brasil lo contrarresta con su liderazgo militar y le compite con energías renovables y con las fósiles que encontró; y los centroamericanos y caribeños están a la expectativa de que se abran las puertas comerciales estadounidenses.

Mientras tanto, Venezuela, está atada a un precio del petróleo que no controla y ya siente los embates de la contracción de Estados Unidos y China que han reducido sus cuotas. El despilfarro en gestas políticas quijotescas hace que se note más profunda esa diferencia de caja. No es casualidad que tenga el índice más alto de inflación, 32%; y que lo secunden sus aliados como Nicaragua, 23% y Bolivia 17%. Los tres, expulsores naturales de inversiones extranjeras.

A pesar de la contracción económica y crediticia en Estados Unidos, países como México, los centroamericanos y caribeños, seguirán aferrados a los beneficios de las remesas familiares, unos 45.000 millones de dólares para este año. Una pequeña retracción de estos recursos, como se espera, crea recesión en naciones altamente dependientes como el caso de Haití, Jamaica y Nicaragua, lo que demuestra cuán atada está la región al Norte.

Si el nuevo gobierno estadounidense que asuma en enero quiere establecer buenas relaciones con Latinoamérica y empezar una nueva luna de miel, tendrá que esforzarse para que el Congreso apruebe los TLC con Colombia, Panamá y Perú, premie los esfuerzos de los planes Colombia y Mérida, y tenga una política coherente de inmigración. Enamorar a Latinoamérica, al menos en una primera etapa, necesitará de un guiño político, un puñado lleno de dólares (que no vayan en valijas) y planes de largo alcance.

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