La función del argentino fue parte del XI Festival de Teatro Experimental de Quito y Guayaquil.
Si algo hay que resaltar de las obras expuestas en Guayaquil dentro del XI Festival de Teatro Experimental es la ausencia de pureza de géneros, la deliberada autotraición del discurso, y la poca o ninguna concesión con el público. Características que se enfatizan fehacientemente en el unipersonal Asterión, del argentino Guillermo Angelelli, presentado el pasado sábado en el Teatro Centro de Arte.
Tratando de definir, se trató de un unipersonal experimental, donde se entremezclaron- confrontaron una serie de lenguajes, como son –principalmente- el clown (Angelelli tiene formación de clown, en los ochenta perteneció a Clú de Clown, creó su clown llamado Cucumelo), el teatro antropológico, del movimiento y el psicoanálisis.
Su técnica corporal es depurada, demuestra años de trabajo serio y comprometido. Su interpretación, impecable. Las transiciones estaban tan bien marcadas que a ratos rayaban en la locura, y asustó a algunos espectadores, creyendo que el actor-personaje, estaba loco de verdad.
Destacó la versatilidad de dialogar simultáneamente, a veces con el público, consigo mismo o con un personaje que no está; la transmutación de actor-personaje, que a ratos era uno y a otros, la voz conciencia colectiva; y el uso de pocos pero significativos elementos escénicos, creando una mitología propia.
Si bien es cierto los textos fueron inspirados en dos cuentos, La Casa del Asterión y La escritura del Dios de Borges, los diálogos fueron creación completa de Angelelli, producto del proceso de dramaturgia del actor y los mismos no buscaban narrar la obra, sino transmitir sensaciones. A través de la anécdota de cómo un experimento con ratas se convirtió en caos, se hizo referencia a la evolución-involución del hombre y de la humanidad, del surgimiento de las guerras y del poder.
Durante los años que Angelelli ha interpretado este unipersonal ha recibido muchos reconocimientos, entre ellos premio ACE al Mejor Actor Off Broadway, en 1993. Sin embargo no es una obra fácil, no da concesiones, su estética aparentemente simple, apunta hacia un espectador mucho más atento y el goce que produce es muy intelectual. Un espectáculo intenso, de virtuosismo actoral poco visto en este medio.