Está ahí, casi obligada, en la lista del mercado. En la sopa con queso. En la ensalada. En el infaltable puré con carne. En el típico llapingacho y en los italianísimos ñoquis. Parecería estar destinada a integrar el menú diario de la familia. Pero en realidad su función va más allá: es considerada un alimento básico en la alimentación mundial y por su resistencia al clima podría convertirse en la carta oculta para reducir el hambre y la pobreza en el mundo.
La papa (Solanum tuberosum), sí, la misma que luce llena de tierra y sin atractivo en sacos y perchas, parece tener más peso que el que da a la canasta de compras. Es el producto no cerealero número 1 y su producción alcanzó la cifra sin precedentes de 320 millones de toneladas en el 2007.
La importancia de su cultivo y el aumento en la población mundial motivaron a la ONU (Organización de las Naciones Unidas) a declarar el 2008 como el Año Internacional de la Papa. El propósito, según el sitio oficial www.potato2008.org, es crear conciencia de su importancia como alimento en los países en desarrollo y promover la investigación de los sistemas de producción de la papa.
La iniciativa fue netamente latinoamericana. Vino de Perú. En la Conferencia bienal de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), celebrada en noviembre del 2005, el representante de ese país propuso dirigir la atención mundial a la importancia de la papa como medio para dar seguridad alimentaria.
La resolución se transmitió a la ONU, que la aceptó y consideró –además– que este producto podía ayudar al cumplimiento de los objetivos de Desarrollo del Milenio, entre ellos erradicar la pobreza extrema y el hambre, reducir la mortalidad infantil, mejorar la salud materna y garantizar la sostenibilidad del medio ambiente.
Desde entonces la papa se ha convertido en protagonista mundial de eventos gastronómicos, ferias, concursos, congresos, charlas, programas de crecimiento productivo y social. También de investigaciones que han sacado a relucir un sinfín de propiedades ocultas bajo su corteza café.
El más importante, tal vez, es que puede hacer frente al cambio climático porque es resistente a las sequías y rinde mucho: entre el 80% y 90% de lo que se cosecha de una planta de papa es comestible.
Según datos de la FAO, una papa de 100 gramos no tiene grasa y posee solo unas 100 calorías. Contiene vitaminas C y B, hierro, zinc y buena calidad de proteínas. Eso la vuelve un producto básico para la alimentación humana.
Papas chinas
La papa es originaria de las regiones andinas de América del Sur, donde existen unos 5.000 tipos. Sin embargo, sus países no son los de mayor producción. Desde que fue llevada a Europa por los españoles, se propagó por el mundo y hoy se cultiva en una superficie estimada de 192.000 kilómetros cuadrados de tierras agrícolas, desde la planicie de Yunnan (China) hasta las tierras subtropicales de la India.
Precisamente China, Rusia y la India concentran más del 40% de los cultivos de papa del mundo. Solo el gigante asiático produjo 72’000.000 de toneladas en el 2007, seguido por Rusia con 36’784.200 e India con 26’280.000, de acuerdo con los reportes de la FAO. En ese orden también son los países que más consumen este producto.
América Latina, en su conjunto, alcanza una producción de 16’124.302 toneladas, y aunque la cifra parecía irrisoria frente a los asiáticos, de sus pocas hectáreas de producción depende la subsistencia de miles de familias dedicadas a la agricultura.
Solo en Ecuador, revelan los resultados del III Censo Nacional Agropecuario, realizado entre octubre de 1999 y septiembre del 2000, el cultivo de papa vincula a 88.130 productores, que cosecharon 240.000 toneladas métricas.
El tubérculo se produce en las diez provincias de la Sierra, pero las más representativas por su volumen de producción son Carchi, Pichincha, Tungurahua, Chimborazo y Cotopaxi. Allí se produce para el consumo interno de sus habitantes y para abastecer al resto del país. Patricio Calderón es uno de los agricultores que vive de la papa en Carchi, en el cantón Montúfar, el sector de mayor producción a nivel nacional. Es una actividad heredada durante generaciones y de la que depende el 70% de la población de la provincia.
“Se come papa casi todos los días y en todos los platos”, cuenta él, quien preside la Asociación de Productores Agrícolas Manuel J. Bastidas, una de las agrupaciones que aglutina a 22 papicultores en busca de mejoras para el cultivo.
Juntos han logrado conseguir mejores semillas y producirlas para aumentar la cosecha. El problema, señala él, es que hay una sobreproducción que no les permite fijar un buen precio o que les obliga a quedarse con el producto para el consumo interno.
Y no es que Ecuador no sea un país papero. Solo con la producción de Montúfar, que puede llegar a los 10.000 sacos anuales, se alimenta a provincias de la Sierra y, cuando hay apertura, a Guayaquil. El inconveniente está en que llega papa de Perú y Colombia y eso les resta mercado interno, así como oportunidades de exportación.
La superchola es la papa de más demanda y cultivo, indica Rosmery Pillajo, productora del tubérculo de la comunidad Santa Fe de Tetés, en Carchi. Otras variedades de alto consumo son la capiro, la chola y la rosada. Producirlas les puede demandar entre cinco y siete meses.
Al año pueden tener hasta dos cosechas, coinciden ambos. Es cuando las comunidades y las asociaciones se unen para aminorar costos y acelerar la llegada del producto a los mercados. A su canasta. A su plato diario.
Es un esfuerzo conjunto que, ahora sabemos, puede hacer frente al hambre del mundo.