Para Max Christen su oficina es El Chocolate, frente a Bahía Pelícano, donde se reúne todos los días entre 10 y 12 de la mañana con otros célebres personajes de las islas. Aquí, estos señores y señoras de Galápagos comparten anécdotas, se toman un cafecito de confianza, o un chocolate de esos famosos de Cecibel Pisco que han dado nombre a esta cafetería-oficina. También aquí es donde planifica y sueña con nuevos proyectos. Porque para Max y sus amigos la vida es siempre una posibilidad creadora.
Yo pasaba por la calle, envuelta en prisas absurdas. El sonido de la armónica de Max me recordó que la existencia se disfruta en tiempo presente, y que no puede haber nada más importante que compartir la calidez de otros seres humanos. Además, en Galápagos no se sienten barreras generacionales, y es lo más normal conversar, farrear y reírse con gente 30 años mayor, o 30 años menor.
Max me muestra una foto de cuando era buzo y domador de leones. Me habla de su Marsella natal, donde el padre, de nacionalidad suiza, jugaba para un equipo de fútbol local.
“Siempre me han gustado los deportes. Así que a los 14 años entré a un equipo de fútbol. Pero el entrenador me decepcionó cuando le dijo a uno de los chicos que pateara al guardameta. Por eso me cambié a la gimnasia”.
Y la gimnasia lo llevó al circo, donde aprendió a hacer trapecio y colgarse de los dientes, porque le atraía todo lo que representara riesgo. Allí le regalaron a Chatuna, una leona a la que amaestró y adoró. El cariño fue mutuo, porque cuando Max tuvo que dejarla por un par de semanas al cuidado de otra persona, ella se negó a comer, muriendo de inanición y tristeza.
Para el marsellés su vida iba a ser el circo, casarse con una chica de circo y tener su propio espectáculo, a pesar de que a su padre no le gustara la idea. Pero llegó el momento de hacer el servicio militar, y a pesar de sus músculos y fuerza, no tenía la menor intención de ir a la guerra “Yo quería ser fuerte para salvar vidas, no para matar gente”.
Entonces, logra anotarse como bombero de mar, entrenándose en salvamento. Sorteando la guerra, (eran tiempos de la guerra de Argelia), Max decide radicarse en el país de su padre, Suiza, donde pone su propio negocio reciclando metales.
Sin embargo, Suiza no tiene salida al mar, y este marsellés que había nacido frente al Mediterráneo, añoraba su azul. Él quería una vida eterna junto al océano. Así que empacó sus cosas, una tonelada de material, entre equipo de buceo, panga de goma, etcétera y se embarcó rumbo al Ecuador. Venía a probar suerte en las Galápagos, había escuchado que era “el paraíso”. Y de no gustarle, planeaba seguir al oeste, hacia las Marquesas, archipiélago de la Polinesia francesa.
Tomando una cerveza en la calle Nueve de Octubre de Guayaquil le presentan a Rodrigo Cisneros, colono que lo asesora y recomienda a otros amigos en las islas. Corría el año 1969. Max se embarca entonces en El Jambelí para viajar de Guayaquil a Las Encantadas. Durante la travesía hace nuevos camaradas; los conquista con su personalidad amable, su famosa sopa de pescado a la marsellesa, con ingredientes recién traídos de Francia, y la alegría de la armónica.
En 1972, ya instalado en Santa Cruz, compra el barco pesquero Lupita, del señor Cox, y lo transforma en El Mistral, en honor a un viento fuerte del sur de Francia.
Con El Mistral, para 8 pasajeros, se dedica al turismo hasta 1980. Él era capitán, armador, cocinero y por supuesto, músico de a bordo. Pero necesitaba ayuda femenina; así llega a su barco Teresa Sangolquí, que se convierte en la primera mujer en el país en tener matrícula de marinera, y además, en su compañera para el resto de la vida.
Juntos trabajan sin descanso llevando gente por las islas, en tiempos en que los viajes eran más bien “a la carta”. El huésped decía lo que quería ver, y para allá enrumbaban.
Pero llegó el momento en que tanto Max como su esposa sintieron que debían dedicar más tiempo a la familia, que empezaba a crecer. Así Max vende El Mistral para trabajar en ganadería “porque mi mujer es del campo; sabía que nos iría bien”.
Hoy, con sus 76 años, es un hombre que irradia alegría a través de su sonrisa, sus ojos claros y el sonido de la armónica. “Cuando vine a Galápagos, yo buscaba un paraíso. Toda la gente puede encontrar su propio paraíso. Solo hay que proponérselo”.
Recuerdo entonces que el trabajo me aguardaba a la vuelta de la esquina, pero tuve la gracia de concederme un dulce momento con un ser especial.
¡Qué rica la vida, porque está hecha de ocasiones como esta, de gente como Max Christen!