Y es que las más recientes visitas de artistas internacionales a nuestro país y el resto del continente tienen efectos secundarios no solo en nuestros oídos, sino en las palpitaciones de aquellos corazones que vibran con cada pequeña resonancia de una guitarra.
Si bien es verdad actos de pop como Kylie Minogue y Boy George andan saltando de país a país como ranitas sin hogar, Madonna parece encontrar nuevos lugares donde vivir al presentarse en Chile, Argentina y Brasil, dos, tres y cinco veces, respectivamente. Entrando al plano del rock, otros grupos y artistas de acá y de allá andan en pleno periplo sudamericano. Duran Duran visitará Lima, Nine Inch Nails estará en Colombia y R.E.M. irá a ciudades como Caracas, Buenos Aires, Lima y Santiago de Chile.
Pero nuestro país, conocido en la actualidad por recibir a artistas como Guillermo Dávila, Gustavo Lara y cualquier acto del recuerdo que tenga que hacer escala en nuestras ciudades, tiene la visita de ilustres huéspedes. Por un lado tenemos a Nito Mestre, dupla de Charly García en el legendario Sui Generis, quien deleitará a los seguidores de su música en octubre en Quito, Guayaquil y Cuenca.
Mientras este fin de semana la capital vibra con el Quitofest y las visitas extranjeras de los grupos mexicanos Plastilina Mosh y Zoé, los chilenos de Gondwana y Los Amigos Invisibles de Venezuela, también vendrá un grupo que a momentos parece más preocupado por el planeta Tierra que por las letras de su música. La banda Jaguares llega el jueves a Quito para visitar a sus olvidados fanáticos que han esperado una eternidad por volver a verlos.
Ya para octubre los súbditos y simples mortales agacharán su cabeza para darle la bienvenida a Andrés Calamaro, quien nos bendice con su presencia casi histórica en nuestro país. Este artista llega con una discografía envidiable y un apetito por conocer si aquel continente que dejó por vivir en España todavía digiere su lengua popular.
La reciente visita del grupo chileno Los Tr3s en Guayaquil deja en evidencia estos nuevos aires. En un local donde no se permitió el ingreso de más de 150 personas, se logró una intimidad que nos remonta a otras épocas. Era como si uno estuviera en el antiguo Cavern Club de Liverpool observando por primera vez a The Beatles. Está clara la relevancia y recorrido de Los Tr3s, pero la magia creada por aquella cercanía transporta al individuo a los años noventa, donde muchos grupos de música surgían de la noche a la mañana y cada uno era mejor que el otro. Lo que estos artistas ofrecieron al público el pasado viernes en el Heineken Bar era una especie de recordatorio en forma de telegrama enviado por una banda en el exilio. Demostraron quiénes son, no quiénes fueron.
Pero muy aparte de estas visitas que crean un ambiente propicio para el idilio musical de muchos fanáticos, la escena local de grupos y artistas, parece como si se viviera una era de importancia trascendental, casi cósmica.
Grupos como Arkabuz, una excepcional banda de Galápagos, Niñosaurios de Guayaquil y de Quito, Can Can son solo algunos ejemplos de un movimiento y de una escena de rock nacional que trasciende de la balada pop y se adentra en recorridos y ambientes que van más allá de una simple melodía y se adentran en lo épico.
Los vientos parecen cambiar nuevamente y la música finalmente vuelve a brillar. Ahora, ¿quién tiene plata que me preste?
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