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| Oídos educados al ritmo del jazz |
Texto: Gabriela Jiménez
Daniel Orejuela, ingeniero en sonido y productor guayaquileño, comenta sobre su trabajo en Alemania, sus experiencias con el jazz, el amor por los ritmos auténticos y la vida lejos del encebollado.
Todo empezó a los 5 años de edad, cuando Daniel ingresó al Conservatorio Nacional de Música Antonio Neumane, en la ciudad de Guayaquil, y aprendió a tocar el violín, este fue el inicio de su coneción con la música, pero a los 9 años agarró una guitarra y de forma empírica la convirtió en la compañera de una carrera que no termina de escribirse.
El mundo musical despertó su curiosidad, y fue más allá de disfrutarla, miró el reverso de los discos compactos para percatarse de que en letras muy pequeñas se exhibía el nombre del responsable de los sonidos y al trabajar en una productora local y no encontrar respuestas a muchas incógnitas dijo: “alguien tiene que ser el responsable de que esto suene bien, y ese quiero ser yo”.
En 1994 emigra a Europa y en Colonia continúa su labor artística como intérprete e integrante (guitarra, percusión, sonidos y arreglos) de varias agrupaciones musicales de origen latino en Alemania, mientras se preparaba para el examen de ingreso universitario, el cual aprobó pero por cuestiones externas no pudo ingresar. Sin embargo, cautivó la atención de Frank Haunschild, uno de los profesores que ejerció como jurado en su audición, quien lo llamó para ofrecerle clases gratuitas, porque notó el interés y talento de este guayaquileño que vive feliz en el mundo de los sonidos.
Estudió en el Conservatorio Real de La Haya, Holanda, recibiendo en el 2003 el título superior de ingeniero de sonido y simultáneamente estudió composición y arreglos de jazz en el Conservatorio de Rotterdam, teniendo así la oportunidad de llevar a cabo grabaciones y proyectos con importantes personalidades de ese género musical como Michael Brecker, Barry Harris y Steve Reich.
Y como profesional la experiencia de trabajar en el Bannf Centre, un importante centro cultural en Canadá, y así estar bajo la tutela de Mark Willsher, quien dirigió la banda sonora de la trilogía El señor de los anillos, entre otras personalidades, que lo hacen definir esta etapa como una de las mejores en la vida.
Su trabajo implica convivir con muchos músicos, quienes palpan la fama y el reconocimiento, pero del cual se siente parte, aunque su trabajo puede pasar desapercibido. “El momento que uno es imperceptible quiere decir que ha hecho su trabajo bien”, explica.
Guayaquileños Jazzistas Por otra parte, como productor dice sentirse incluido en la visión de la música como un producto, cosa que no lo apasiona pero al que le coloca empeño para encontrar el equilibrio entre la rentabilidad que pide la disquera y el deseo del músico o compositor.
Pero estas influencias desaparecen en su disquera ALLA, “si escucho algo que me gusta o me parece interesante y el mercado no le presta atención por cuestiones económicas tengo mi disquera donde me doy el lujo de hacer la música que quiero sin fijarme en si va a venderse o no”, comenta con satisfacción.
Su estadía en el país se concretó, además de visitar a sus familiares y amigos, por la invitación de Francisco Echeverría, organizador del Guayaquil Jazz Festival, proyecto que observa con alegría, sobre todo, porque expresa que este ritmo es su mundo y estilo de vida, “yo diría que todos los guayaquileños y ecuatorianos son jazzistas porque somos muy improvisados y esto es así, libertad”, menciona con cierto tinte nostálgico, igual que cuando recuerda el encebollado.
Comenta que la diferencia es notable, porque “un jazzista no sabe si pagó la renta, siempre está en el aire, en la vida como vino, mientras que un músico clásico es muy ordenado y metódico, pero todo tiene su belleza...”, no obstante, enfatiza en que para que el jazz muestre su encanto no basta con el talento, pues para improvisar, el conocimiento profundo es indispensable.
Sobre su retorno al país se muestra interesado aunque no en corto plazo. Dice permanecer en Alemania porque conoce el medio y siente que en Ecuador su profesión no tiene plazas de desarrollo, además, sería una decisión que tomaría junto a su esposa, quien comparte su profesión.
“Ahora quisiera regresar de a poco, quedarme uno o dos meses, pero no definitivamente, porque siento que tengo mucho camino por recorrer y regresar sería estancarme”, indica.
Este hombre de actitud modesta comenta sentirse cómodo al trabajar detrás de una consola de sonido y aunque sus oídos son su principal herramienta dice no cuidarlos de manera particular. Con sencillez refiere no poseer ningún talento en especial, sino un oído educado, que puede identificar los instrumentos, la profundidad, la reverberancia y los ruidos de una pieza musical.
Con total apertura Daniel dice disfrutar de cualquier tipo de música, siempre y cuando esté bien tocada, “mientras sea real, que la sientan, que sea propia”, y coloca como ejemplo el rap urbano, ¿cómo puede cantar rap alguien que nunca vivió en la calle?, se cuestiona.
Un hombre con ideas que no se resignan, con propuestas y ganas de que en Ecuador se valore al músico, él quiere encontrar la forma comercial de colocar un disco original al alcance del poder adquisitivo ecuatoriano, propone reuniones de donde brote la fórmula de bajar el costo de producción y que el dinero llegue a las manos de quienes hacen el trabajo y no entre los intermediarios.
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