domingo 21 de septiembre del 2008 Columnistas

La niña de los dos moñitos

Me visita en sueños, despierto preso de angustia, aterrizo en la realidad, olvido aquellas fantasías oníricas, bebo un té de jazmín, vuelvo a la cama. La niña de los moñitos mueve la cabeza de un lado al otro desgranando una canción infantil cuya letra suena incoherente: “Un reposo gentil de muerte sonriente desflora un más allá de pájaros en desbandada. En la red de cristal que me estrangula allí como en el agua de un espejo, me reconozco, atada gota con gota, marchito el trozo de espuma en la garganta”. Me fastidian los niños que hablan como viejos.

Consulté a mi psiquiatra. Me recetó gotas de Neuryl, comprimidos de Citalopram. Wilson es prudente más yo no: él sabe que hago lo que me da la santa gana. Internet ofrece pastillas, cápsulas, grageas, tabletas. Las hay de todo color, forman collares de alacridad. Las lanzo sobre la mesa como dados, escojo un puñado. Conseguí el vademécum farmacéutico. Hice extraños cocteles de Balsepam, Ativan, Xanax, Flazinil, Librazolam, Somno, Lexotan, Rohypnol, Revonal. El sabor fue atroz, pero desapareció la niña de dos colitas, hasta olvidé el nombre de la ciudad donde nací, dejé mis zapatillas en la refrigeradora, abandoné mi teléfono celular quien sabe dónde. Me tomé una botella de Catena Zapata del 2004 zozobrando hasta irme a pique en un mar de ensueño. Después de todo tenía todo el derecho de embaularme 98 puntos de Robert Parker si quería escapar ayudándome con psicoactivos. Cometer desfiguros en lapsos de inconsciencia resulta pedagógico. Sonó insistente el teléfono convencional. Era un par de amigas a las que contesté con palabras soeces, lamentando que el exceso de barbitúricos haya arrasado con mi cultura de gentilhombre francés, mas resulta inefable portarse malcriado en medio de una sociedad en la que las buenas costumbres se tornaron pasaporte para la hipocresía. Siendo mis amigas inteligentes escritoras, supieron hallar rimas adecuadas para mis excesos verbales. Su intuición femenina, su lenguaje florido me dejaron más perdido que beduino en Groenlandia. Nada es tan saludable como una puteada en do sostenido mayor a la hora del descalabro.

Dormí dos días seguidos. Mientras descansaba, la tasa de inflación subió dos puntos, cinco restaurantes fueron asaltados, cuatro taxistas asesinados. Recordé que Voltaire decía: “La civilización no suprime la barbarie, la perfecciona”. Sabía que no se podía vivir sin experimentar dolor. Acertó Joseh Heller al decir: “Si después de los sesenta te despiertas sin dolor es que estás muerto”. Recuperé la luz de un nuevo día, el runrún de mi auto. Puse un CD en el equipo. Sabina me escupió: “Sello por triplicado, semen de ahorcado, niño sin cumpleaños”. El limpiador de parabrisas agarró el ritmo, reapareció la niña de los dos moñitos, moviendo la cabeza, repitiendo hasta el delirio mi nombre como solo ella lo sabe decir, “¡Bernie!”. Ya no necesito pastillas. Muy bien sé que algún día me cogerá de la mano para llevarme allá donde nadie jamás nos podrá alcanzar.
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