domingo 21 de septiembre del 2008 Columnistas

La tortilla

Días atrás pude conversar con un experto en asuntos agrícolas que me ilustró sobre varios asuntos. “Cuánto talento hay en nuestro país –me dije, mientras lo escuchaba– y qué mal que lo aprovechamos”. Casi al concluir, intercambiamos unas pocas palabras sobre el Primer Mandatario. Mi interlocutor se lamentó de que Carlos Vera lo llamase ‘Pitufina’. “Cierto es que el otro le dijo algo parecido, pero en ninguna parte un periodista insulta al Presidente”, concluyó.

No dije nada. Me quedé pensando.

Una de las características de este Gobierno es el alto nivel de exigencia que nos quiere imponer. Consideremos la nueva Ley de Tránsito. Los malos conductores vamos a tener que cuidarnos. O manejamos bien o manejamos bien, no habrá alternativa. Así debe ser y lo aplaudo (aunque la ley sea ilegal, porque la aprobó una Asamblea que no tenía facultades para hacerlo).

El Ministro de Gobierno, asimismo, acaba de criticar la cárcel de alta seguridad que construyó el Municipio de Guayaquil. El Ministro cree que el diseño de la nueva prisión no respeta los derechos humanos, refiriéndose, según entiendo, a que casi no tiene ventanas. Vean ustedes qué preocupación por los derechos de los detenidos.

El caso de la Prefecta de Orellana sirve también como demostración.
Una señora del Oriente, de la que no sabíamos nada, de repente cae en prisión, pero no por los acontecimientos de Dayuma, donde se hizo famosa, sino porque apareció una denuncia contra ella. Casi dos años después, los jueces acaban de dictaminar su inocencia. Pocas veces nuestra justicia se aseguró tanto de que un funcionario potencialmente corrupto no pueda huir.

El chef del Palacio de Gobierno ahora es un señor belga. Qué nivel. Nos hará quedar muy bien con los diplomáticos extranjeros, espero.
Los jubilados del IESS ya saben ahora que no deben pedir la reliquidación de sus pensiones sin un pronunciamiento previo del Procurador. Se acostaron en las calles, no comieron, los llevaron al hospital, pero el delegado del Presidente fue inflexible, hasta que el procurador mostró el papel con el sello correspondiente.

Muchas de estas exigencias merecen nuestro apoyo, otras son exageraciones; y también hay abusos que a algunos nos indignan; pero lo que llama la atención es que mientras se les ajusta más las tuercas a los ciudadanos, estos se vuelven menos exigentes con su gobierno.

El Presidente puede insultar a un periodista. Está mal, pero dejamos que lo haga. Es su carácter. En cambio, que el periodista vejado se defienda nos parece una exageración. La Ley de Tránsito está muy bien, pero Ricardo Patiño ya dijo en público que él no la acatará, y que los conductores que lo siguen tampoco tendrán que hacerlo. Y nos parece normal. Otro Ministro, el de Obras Públicas, no necesita, como los jubilados, del pronunciamiento del Procurador para repartir contratos a dedo. Y creemos que está bien.

“¿Cuándo será, Dios del cielo, que la tortilla se vuelva?”, suele cantar el Presidente en su programa de los sábados; y tiene razón, porque una revolución es cuando la tortilla  da vuelta.

Pero para todos, y no solo para los que tienen la sartén por el mango, digo yo.
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