Domingo 21 de septiembre del 2008 El Gran Guayaquil

En los bares se escuchan los pregones de Vicente Quintero, ‘Abogado del maní’

Jorge Matillo

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Con su bandeja al hombro, Vicente Quintero ofrece en salones, bares, cafeterías y clubes su maní saladito, mortadela, queso y otros productos.

Hace 30 años, Vicente Quintero  comenzó a vender maní en los salones de los barrios bravos, ahora sus clientes lo identifican por su vestuario formal. Lleva camisa mangas largas y corbata.

Todos los días, Vicente Quintero se anuda al cuello una de sus 125 corbatas. Así, elegantemente vestido, circula por la noche guayaca de bares, barras y salones. No está de farra, trabaja. Es el único manicero que luce pantalón de  vestir, camisas mangas largas y corbata. Sobre su hombro descansa la bandeja con maní salado, aceitunas, habas tostadas, queso y mortadela.

No siempre fue así. El esmeraldeño Vicente Quintero Arroyo, hoy de 50 años, desde hace 30 años vende maní. Primero, otros más experimentados le enseñaron a trabajar en sectores peligrosos.

Al inicio salía por la tarde del barrio Cristo del Consuelo, caminando visitaba hasta 82 salones de bebidas y regresaba a su casa a pie a las dos de la mañana. Recuerda que los locales tenían rocolas. “Yo mismo llegaba y marcaba mi preferida de Peter Conde Rodríguez: Lo que traigo para gozar/ es un tumbao bien sabroso”.

Para vender maní se metía por calles oscuras y peligrosas.  “Huancavilca, Rumichaca, Manabí, Capitán Nájera, la avenida Olmedo y Cacique Álvarez, Colón y Pío Montúfar eran zonas rojas”. Entonces no guardaba el dinero en el bolsillo, los billetes se lo cruzaba entre los dedos de la mano hasta llegar a casa.

Pero, asimismo, toparse por la noche con un velorio era lo mejor que podía sucederle, porque vendía todo. También en los bailes callejeros de las fiestas de Guayaquil.

“Ahora son un peligro por los pandilleros, vienen en grupo, consumen y a la hora de pagar se echan para atrás, por mucho que tú seas negro y fuerte es imposible porque andan armados”, dice al recordar cuando él hacía resonar una moneda contra su bandeja y pregonaba: “Maní, maní salado, saladito, el maní”.

Desde hace 17 años su recorrido es más corto. A las 17:30 comienza en el Cabo Rojeño, Rumichaca y Luis Urdaneta, luego visita una serie de bares, barras, peñas y clubes ubicados en los alrededores como La Oficina, La Peñita, El Piave, Danys, Antojitos, Círculo de Bomberos, El 69, El Faraón, Medusa, etcétera. En cada uno permanece un rato.

Ese recorrido de lunes a jueves lo repite cuatro veces hasta la medianoche, pero viernes y sábados hasta en nueve oportunidades, porque trabaja hasta las 03:00.

Antes su look era diferente. Todo cambió hace catorce años por una historia de amor. Vicente Quintero se enamoró de una chica y la invitó a salir. Ese día como no iba a trabajar, se vistió con el único terno y corbata que tenía. Pero su amada no llegó a la cita. Para no ir a sufrir a su casa, optó por trabajar. En un bar encargó la leva y vacilando la corbata cargó su bandeja. Cuando entró al Cabo Rojeño, la gallada lo vio entrar y enseguida le pusieron el apodo del Abogado.

“Ese día cambió mi negocio, vendí  8.000 sucres”, cuenta mientras sirve una porción de queso a un cliente en un bar de Boyacá y Francisco P. Ycaza. La siguiente tarde llegó al Cabo con camiseta, jean y zapatos deportivos, pero la gente le reclamó: “Cómo, Abogado, ahí ya dañó la fachada, el look de ayer era el efectivo”. Cuando se enteraron que no tenía más camisas y corbatas, los clientes   se las donaron. “Ahora tengo 125 corbatas. Solo he comprado 5, el resto son regalos”.

 Con gratitud y buen humor reconoce que sus clientes son exigentes.
Cuando  se pone guayabera, la gente protesta. “Entonces para complacerlos sigo encorbatado –dice Vicente arreglándose el cuello y el nudo–. Pero si vengo en el carro y me he olvidado de la corbata, regreso a verla porque ya no puedo trabajar sin ella”. 

Con tono de analista económico comenta que desde que usa corbata y viste formalmente las ventas de su negocio se incrementaron en más del 40%. Dice que cuando comenzó un sucre de maní era un cerro que cabía en un plato grande, varios vendedores se reunían y compraban un quintal de maní  crudo. Ahora ya lo venden tostado, salado y bien caro como todo lo demás: las aceitunas, el queso, la mortadela y las habas. Pero él sabe que hay que seguir adelante.   

Desde que lo bautizaron como el Abogado del maní, a Vicente Quintero nadie lo llama por su nombre. Más bien cuando entra al Cabo Rojeño con la bandeja sobre el hombro y la corbata clavada en su pecho, el DJ hace sonar su pregón que dice: “Maní/Maní/Si te quieres por el pico divertir/Cómete un cucuruchito de maní”.

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