El orgullo que provoca en Paraguay su selección nacional, la ilusión generada por la Roja en Chile y el tormentoso despido de Jorge Luis Pinto en Colombia tienen una sencilla explicación: el juego.
Más allá de la calidad de sus jugadores (que la tienen), Paraguay sabe a qué sale a la cancha: es un equipo ordenado, solidario, con mucha presión sobre la pelota, marca bien y ataca con pujanza. Nada revolucionario, sin embargo se le advierte trabajo, una idea clara, buen ambiente entre el técnico y los jugadores (esencial).
Chile, con actores de menos categoría (fundamentalmente porque los guaraníes lucen una mentalidad más sólida que los araucanos) igualmente produce entusiasmo: es un equipo animoso, ofensivo, convencido de la idea de su entrenador.
Colombia es la contracara. Además de jugar feo, juega mal. Y hubiese podido hacerlo peor. Era un camino sin retorno: nada hacía presagiar que con el mismo esquema de pensamiento variaría el rendimiento. A Jorge Luis Pinto no lo echaron los resultados, tampoco los directivos ni los jugadores: lo echó el juego. No hay tramas ocultas. El técnico, esta vez, no se va por causa del exitismo. Colombia está sexto a dos puntos del quinto. Y quedan 30 unidades en juego. Hasta podría catalogarse como una situación aceptable.
La caída del entrenador cafetero conlleva un mensaje: la gente -no toda- celebra empates indecorosos (los de Colombia versus Perú y Ecuador) o insípidos (ante Bolivia y Brasil), triunfos afortunados (Venezuela, Argentina) con la pelota viajando por el aire, a puro forcejeo y pegándole de puntín mientras se obtienen algunos dividendos y la tabla le da cierta sensación de bienestar. No le importa el método, quiere puntos.
Pero un día ese ilusorio rascacielos se desploma: no hay cimientos. Falta el sostén que da el buen juego. Hasta el menos informado de los hinchas sabe que es imposible jugar 18 partidos a nada y clasificar a un Mundial. Por eso lo eyectaron a Pinto. Una vez se suma, dos también, acaso una tercera… Dieciocho, no. El 0-4 frente a Chile es una contundente ratificación de que para ganar hay que jugar bien. Se lo demostró el rival. También su propio y espantoso desempeño.
Los tres (Paraguay, Chile, Colombia) son la prueba irrefutable de que el único camino hacia la victoria es jugar bien, con fundamentos, con orden, si no con estética con cierta prolijidad. Y pensando en el arco de enfrente. Siempre está más cerca de ganar el que ataca.
En esa línea, Ecuador se enfrenta a una oportunidad brillante de recuperar el terreno perdido y situarse otra vez entre los que clasifican: si obtiene 4 de los próximos 6 puntos (Chile adentro, Venezuela afuera) habrá dado un fuerte empujón al carro de su ilusión. Pero no es la tabla la que da oportunidades, es el juego. Funciona de manera consistente Ecuador desde la asunción de Sixto Vizuete (no sospechábamos tal revelación de un hombre inexperto, honestamente). Y eso esto lo que motoriza la esperanza.
Basta de repetir la tonta canción del “prefiero jugar mal y ganar”. No existe tal ecuación. Los técnicos y los periodistas saben más que el hincha común. No le pasen mensajes equivocados.