A sólo unas semanas de que concluya esta larga contienda presidencial, Barack Obama arremete contra John McCain de forma más agresiva, al dejar atrás el tono catedrático para adoptar uno acusador.
Hoy en día, suena más como los comerciales mordaces vistos en la televisión.
“¿Realmente creen que John McCain va a hacer la diferencia ahora?”, cuestionó Obama, al mencionar el nombre de su rival republicano dos veces en un instante, patrón que ha repetido. “John McCain no entiende”.
El 15 de septiembre, Obama lanzó una intensa crítica al manejo republicano de la economía.
El fin de semana, la prominente firma de valores Lehman Brothers se había declarado en bancarrota, y el banco de inversiones Merrill Lynch fue adquirido por Bank of America. El índice industrial Dow Jones cayó 500 puntos para el final de la jornada.
“Los fundamentos de nuestra economía son fuertes”, aseguró McCain, ese día, en un mitin, en Florida. “Sin embargo, éstos son momentos muy difíciles”.
Obama se abalanzó sobre esa declaración. “Acabamos de despertar con la noticia del desastre financiero, ¿y dijo que los fundamentos de nuestra economía siguen fuertes?”, expresó Obama en un mitin, en Colorado. “Senador McCain, ¿de qué economía está hablando?
“Senador McCain, no puede huir de sus palabras ni de su historia. Cuando se trata de esta economía, se ha mantenido firme con George Bush y una fallida teoría económica, y lo que le ofrece al pueblo estadounidense es más de lo mismo”, agregó.
Sin embargo, los comentarios de Obama curiosamente hacen recordar, incluso en el tono burlón, las palabras que expresó, hace casi un año, cuando Hillary Clinton repentinamente trató de arrebatarle el manto de cambio, y éste demostró una lucha que muchos demócratas habían dudado que podía librar.
Obama ya ha estado en esta situación: encontrar la temperatura adecuada para criticar, o atacar, agresivamente a su rival sin manchar su imagen como alguien que intenta mantenerse por encima de la política tradicional.
Al entrar a las últimas ocho semanas de la contienda, señalan los consejeros, las lecciones de las primarias demócratas están vivas en su mente.
McCain y su compañera de fórmula, la gobernadora Sarah Palin, también parecen estar allí. “Hace un mes, todos decían, ‘ah, es la experiencia”, dijo Obama, ante aplausos ensordecedores, en el gimnasio de un colegio. “Después, escogieron a Palin y empezaron a hablar del cambio. ¿Qué pasó?”.
En una de pocas ocasiones en su candidatura presidencial, Obama, de repente, ya no es la figura más fresca y telegénica.
Obama ha declarado que la familia de Palin está exenta de los ataques. Ha elogiado la biografía de la candidata vicepresidencial, “madre de familia, gobernadora, cazadora de alces —eso es padre”. Sin embargo, ha arremetido fuertemente contra su historial como gobernadora de Alaska.
Había abundantes señales de que a los electores que iban a ver a Obama les gustaba su tono enérgico, al entonar junto con él, en varios eventos, “¡Ocho son suficientes!”, que se ha convertido en un grito de guerra para cambiar a Washington, luego de ocho años del gobierno de Bush.
Su presencia y energía en el escenario se asemejaron a la forma que asumió, el otoño pasado, cuando su batalla en las elecciones internas con Clinton llegaba a su apogeo.
Sin embargo, igual que en su lucha con Clinton, la nueva postura agresiva de Obama llega con posibles dificultades, reales o creadas por la oposición, a medida que, de nueva cuenta, sortea el difícil terreno de la política del género.