- SEP. 21, 2008 - Foto - Religiosa y Obituarios - EL UNIVERSO
La parábola que el evangelio de la misa nos presenta este domingo, estaba dirigida al pueblo que el Señor se había preparado desde hacía siglos.
Aquel pueblo al que Jesús perteneció se consideraba, sobre todo por las enseñanzas de los fariseos, el primer beneficiario del envío del Mesías prometido. Y además estaba convencido de que el cumplimiento de la Ley le permitía reclamar un premio superior al que se concediera al resto de la humanidad.
Para mostrarles el error en que se hallaban, Jesús compuso una parábola especial: la historia de un señor que busca obreros para que trabajen en su viña, que los contrata en horas diferentes, y que a la hora de pagarles por las horas trabajadas, a todos remunera con la misma cantidad.
No solo les entrega a todos un salario igual, también manda que el pago del denario –el sueldo convenido– se haga con un orden peculiar: ordena que cancelen comenzando por los últimos que fueron contratados. Es decir, por los que trabajaron menos.
Como es muy natural, al ver que todos recibían una misma cantidad, los que primero fueron a la viña protestaron. Pero el dueño no les hizo caso. “Amigo –le dijo al más inquieto– no le hago injusticia; ¿acaso no convino usted conmigo en un denario? Tome usted lo suyo y váyase; que quiero darle a este último lo mismo que a usted”.
Según la justicia a secas, el amo debería darles más a los primeros. Pero lo que Jesús les quiso subrayar a los judíos –y también a usted y a mí– fue que nadie puede reclamar a Dios porque trate misericordiosamente a todo el mundo. Por eso remató la explicación con un aviso inolvidable: “los últimos –es decir, los que se consideran llenos de defectos– serán primeros; y los primeros –es decir, los que se sienten superiores a los otros– serán los últimos”.
Este no tratarnos Dios tan solo con justicia, nos llena de tranquilidad a usted y a mí. Porque si nos tratase Dios como nos merecemos ¿qué sería de nosotros?
Mas, la parábola también nos dice otra a usted y a mí otra importante cosa: que a pesar de que empecemos tarde a trabajar por Él, y que, por tanto, nuestras horas de servicio sean pocas, el Señor nos premiará con el denario. Es decir, con la felicidad eterna.