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Se esfuma el aura de la pasarela

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Derek Lam presentó un desfile de vestidos color carne durante la Semana de la Moda de Nueva York. La actriz Mena Suvari (izquierda), con Simone Sestito en la tienda Prada; un evento en Ruca.
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Septiembre 21, 2008

NUEVA YORK

Las pasarelas de la Semana de la Moda, a principios de septiembre, estuvieron repletas del color carne, el color que nadie ha tenido.

El talentoso y poco conocido joven diseñador Patrik Rzepski, cuyas prendas se venden en tres boutiques en Asia, abrió la semana con una exhibición en la que las modelos salieron ataviadas en leggings ceñidos color carne con cierre por atrás cual costura de media. “La gente cree que lo hermoso significa inocente”, dijo Rzepski. “Yo creo que lo hermoso puede ser tan duro como el hierro”. Cuando se trata de la Semana de la Moda, en raras ocasiones se han pronunciado palabras más ciertas.

Las hermanas Kate y Laura Mulleavy ofrecieron un desfile de vestidos color carne, ajustados, como una curita Band-Aid y más o menos del mismo tono. Derek Lam presentó una verdadera sinfonía color carne con una túnica de jersey y una prenda de una sola pieza en georgette doble también en color piel y luego un vestido de red tejido en el mismo tono.

Si el color carne ha estado en todas partes, entonces también lo han estado los cierres y los efectos degradados que hacen recordar al diseñador hollywoodense Jean Louis y, por último, un millón de referencias a los nada elegantes 80, la década que luce aún más insípida la segunda vez (o la tercera, si se considera que mucho de lo visto en las pasarelas de Nueva York, descaradamente repite el homenaje colectivo a la telenovela Dinastía, visto en Europa hace una temporada).

No hay forma de ignorar las voces sordas escuchadas durante toda la Semana de la Moda de que el negocio, en su expansión internacional sin precedentes, puede haber perdido de vista algunos aspectos fundamentales clave. Al igual que la música, la moda es un negocio tribal.

Aunque solía ser el caso que los diseñadores mainstream cumplían con ello al tomar pistas del estilo de punks, artistas del hip-hop, surfistas o patineteros, ahora se ven obligados a enfrentarse a la realidad de que esas personas no son tan fácilmente explotadas como antes. Hoy en día, todos ellos quieren tener sus propias líneas.

“Vivimos en un mundo de karaoke”, dijo recientemente Malcolm McLaren, empresario musical, visionario de la moda y fastidio cultural, elevando animadamente la voz en la alfombra roja, en la fiesta de aniversario de Calvin Klein.

Lo que específicamente estimulaba a McLaren era la subasta del próximo mes, en Christie’s de Londres. Subastarán rarezas de los archivos de la elegante tienda vintage Resurrection, que incluye una variedad de artículos de los 70 atribuidos a McLaren y Vivienne Westwood, quienes si bien no inventaron la estética del punk, la formalizaron comercialmente.

En opinión de McLaren, que ha llegado a los medios noticiosos y también a los tribunales, las prendas McLaren y Westwood son, en su mayoría, copias modernas. Independientemente de que lo sean (Christie’s respalda su autenticidad), las preguntas más importantes que provoca el empresario musical tienen que ver con lo vacío de gran parte de la producción estética contemporánea, sin excluir, por supuesto, la moda. ¿Cuál es el caso de los artefactos culturales si no están relacionados con alguna cultura específica?

La moda, dijo la famosa modelo Veruschka, aún era un mundo tribal cuando ella llegó a la escena en los 60. “Diana Vreeland siempre estuvo abierta a lo nuevo, a cosas interesantes”, señaló, en referencia a la editora de Vogue que tenía buen ojo para el talento, pero malo para los resultados financieros.

“Ella no se fijaba en el mercado de dinero, ni preguntaba el costo de las cosas. A veces, yo misma me pregunto, ‘¿por qué la gente me recuerda?’. Mi respuesta es que la gente con la que trabajé, Dick Avedon y los demás, pusieron un gran empeño en las fotos. Una fotografía tiene un aura, y en muchas imágenes de la moda que uno ve ahora, no hay aura. No hay luz”.

La gente en el mundo de la moda y posiblemente hasta la industria como tal han perdido personalidad, se lamentaba el diseñador Miguel Adrover una mañana, en su estudio temporal ubicado en Broadway.

Distribuído por todo el estudio, su equipo trabajaba en silencio en una colección de prendas singulares, confeccionadas bajo el patrocinio del fabricante alemán de productos orgánicos Hess Natur. “En la actualidad, la cultura de la moda se siente tan vacía”, expresó.

Adrover renunció a Nueva York hace cuatro años para abrir un bar en su natal Mallorca. De regreso para una breve aparición en la Semana de la Moda, resaltó que su compromiso con la escena es provisional.

“Todo es lo que sigue, lo que sigue, lo que sigue, todo es VIP, es una idea vacía”, dijo. “En este momento, en la moda, no te dan ganas de cavar en la búsqueda de significado, porque cavas y cavas, y no encuentras nada”, añadió.

Y luego, no obstante, siguió cavando, como todos lo hacen, motivados por el optimismo a menudo inexplicable que conseguir lo nuevo y lo siguiente siempre parece inspirar.


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