En la final de un torneo interclubes, entre dos novenas de Rojos, Larry González, Jacobo Paredes e Israel Morgner realizan una acción defensiva digna de las Mayores.
Pocas veces se destacan las habilidades defensivas en el béisbol. A pocos se les ocurre dedicar unas cuantas líneas a los que realizan las jugadas que se convierten en outs. Más bien se entrega mucho espacio para quienes no permiten que les hagan los outs y con sus batazos y rápidas corridas de bases anotan carreras que se traducen en triunfos.
El béisbol es tan completo y parejo que el equipo que aspire a ganar juegos y campeonatos deben tener un buen balance entre ataque y defensa. Los clubes tendrían poco éxito si solo cuentan con un buen bateo, pero a la hora de defender son un desastre. Es verdad que con una contundente ofensiva estarían más cerca de las victorias, pero también lindan por el descalabro de última hora.
Si alguien duda de estas premisas que se lo pregunten a los Mets de Nueva York de la temporada anterior, que fueron eliminados en el último juego de la campaña regular por no ser capaces de preservar una ventaja enorme y se quedaron fuera de los play offs.
Toda esta larga introducción es para describir las emociones y dramas que vivimos en la final de la categoría infantil (potrillos) del torneo interclubes en el Colegio Americano. Se enfrentaban por la disputa del título dos novenas del Club Rojos.
Los lanzadores de ambos conjuntos, Renzo Troncoso y Nelson Mieles, se enfrascaron en gran duelo desde la loma al no permitir casi ninguna libertad a los bateadores rivales.
Fue en el cierre del quinto episodio cuando Yire Jara logró zafarse del dominio de los serpentineros y se embasó con un hit; luego fue llevado a la registradora con batazo de Anthony Alvarado para poner a su equipo en ventaja 1-0.
El juego entró en niveles de altas emociones. Es que cada acción podía cambiar el resultado final. Seguidores de ambos equipos, desde las gradas, alentaban, apoyaban y criticaban. También daban recomendaciones, en unos casos buenas, en otras inoportunas.
Fue en el séptimo y último turno cuando se produjo la mejor jugada de todo el torneo. Con el marcador en contra 1-0 el mismo Nelson Mieles disparó doblete por el jardín central y le permitió anclar en la segunda almohadilla, con la que pudo ser la carrera del empate.
El turno al bate fue para John Fienco. Primer lanzamiento: ¡strike uno!, cantó el árbitro Cristian Mora. Fienco acomodó su bate y regresó a la caja… Nuevo lanzamiento y pegó un batazo que picó imparable.
Mieles sabía que esa era la carrera para empatar y provocar una levantada de su equipo. Cuando salió el batazo de Fienco, y esperando que ninguno de la defensa rival la atrape, empezó a correr con mucha velocidad. Dobló por el tercer cojín sin dudar ni bajar el ritmo.
Larry González, que cuidaba el jardín central, recuperó la pelota y la devolvió para el campo corto Jacobo Paredes, quien en preciso y exacto tiro sirvió al home, por donde ya deslizaba para timbrar la vuelta Nelson Mieles. Justo en ese momento el tiro fue atrapado y sostenido por el receptor Israel Morgner, que tocó los pies del corredor en una jugada muy apretada. Así completó una acción que impidió marcar a Mieles; fue un espectacular y sensacional out que vale la pena relatar. En estas circunstancias es irrelevante destacar quién ganó y quién perdió.
Fue sencillamente una jugada de Grandes Ligas efectuada por pequeños peloteros que nos deleitaron con una gran final, llena de emociones.