viernes 19 de septiembre del 2008 Columnistas

La ballena blanca

Todos tenemos la obsesión de perseguir a una ballena blanca. Todos personificamos al enloquecido capitán Ahab que otea la línea del horizonte oceánico en busca del monstruoso adversario llamado Moby-Dick. Todos hemos acusado a una ideología, persona, pareja o creencia de ser la causante de nuestros males y desgracias, como si nosotros mismos no tuviéramos que ver con lo que nos pasa. Así proceden los políticos, pues los de uno y otro bando andan a la caza de una ballena blanca para sentirse eximidos de responsabilidad: el otro es el único culpable, y, con esta actitud, no hay terreno para que nazca la autocrítica. Por eso las caras principales del hacer político son el ruido y el atosigamiento mental que pretenderían impedir que se escuche, se cavile y se decida en calma.

La estrategia es simple pero muy eficaz y consiste en inventarse un enemigo acérrimo y endilgarle cada uno de los males habidos y por venir, como lo hace el protagonista del espléndido relato de Herman Melville: “Ahab alimentó una terrible necesidad de venganza contra la ballena, que cada vez se exacerbó más en él, pues llegó a identificar con Moby-Dick no solo todos sus males físicos, sino todas sus exasperaciones intelectuales y espirituales”. Exasperados como estamos por ganar la contienda del Sí o el No, hemos dejado de estudiar los propios defectos, limitaciones, errores y torpezas, y casi hemos convertido el proceso en una paranoia en la cual los que no piensan como yo están en mi contra y me quieren acanallar, derribar, atrapar, callar, destazar y matar.

Así, un sector de católicos y evangélicos, una parte de los medios de comunicación y varias agrupaciones partidistas han convertido al proyecto de nueva Constitución en su ballena blanca. De esta suerte muy poco es rescatable; todo debe ser negado. De su lado, el Gobierno y sus adeptos han corporeizado al cetáceo en la “partidocracia” y en los “pelucones”, de tal modo que todo es de avanzada en el texto constitucional y nada debe ser observado. Como Ahab, han hecho del opositor su Moby-Dick: “Todo lo que atormenta y enloquece más la razón humana; todo lo que trastrueca las cosas; toda verdad contaminada de malicia; todo lo que enturbia la mente; todo el sutil demonismo de la vida y el pensamiento; todo el mal estaba encarnado en Moby-Dick para el enloquecido Ahab y, por lo tanto, en ella le era posible atacarlo”.

Moby-Dick, o La ballena, es una meditación acerca de la democracia norteamericana, entonces cuestionada por el esclavismo, la industrialización, el utilitarismo y el expansionismo, y también una reflexión de lo que le sucede a una persona cuando se somete a condiciones extremas. Mas, no habrá ninguna era diferente y mejor de racionalidad y justicia sociales –como quiera llamarse: nuevo país, patria nueva, nueva ciudadanía o simplemente el futuro– mientras no seamos capaces de exigirnos con serenidad; mientras la templanza no sea la divisa de la guerra en que nos hallamos. Incluso para asestar el golpe más certero se requiere de moderación porque se trata del destino colectivo de una comunidad nacional diversa. La oportunidad del cambio ha sido propuesta; no debemos echarla por la borda como carne para los depredadores.

Columnistas

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.