Variadas propuestas estéticas y sólidos trabajos pudieron verse en esta ciudad y también en las citas de Manta y Quito.
El cierre de la XI edición del Festival Internacional de Artes Escénicas de Guayaquil traza una cartografía teatral de calidad. No solo por los espectáculos presentados, sino por el afianzamiento de una identidad de gestión y una estrategia cultural que tiene, sobre todo, el objetivo de integrar al espectador desde una reflexión acerca del teatro y su rol social.
El circuito de festivales, donde confluyen Guayaquil, Quito y Manta, se concreta por la intensa labor de producción de grupos locales como Sarao o La Trinchera que, además, poseen una profunda comprensión del quehacer teatral. Y esa característica es notoria en la seriedad, el compromiso y el respeto hacia los creadores invitados y el público.
Una de las cualidades más destacadas del encuentro fue una programación inteligente, sin planteos desmesurados y excluyente; sino con un eje de variadas propuestas estéticas y sólidos trabajos.
De ese modo, no fueron festivales que se miraron a sí mismos sino que, tanto en Quito, Manta como Guayaquil se tendieron puentes concretos hacia la constitución de un público y una tradición teatral en Ecuador.
Y en ese aspecto, como estrategia cultural a nivel regional, el trabajo de esta red debe acrecentarse y, sobre todo, mantenerse unida para potenciar su identidad en conjunto pero también ahondar en sus particularidades y necesidades locales. En ese sentido fue interesante el diálogo que establecieron con el teatro y el espectador ecuatoriano obras como La omisión de la familia Coleman, de Argentina; Visiones de la cubanosofía, de Cuba; El viejo truco del círculo de tiza, de Ecuador; o Gatomaquia, de Uruguay, por solo nombrar algunas.
La política hacia el público, basada en promociones de entradas con descuentos para estudiantes y actores, así como funciones especiales para escuelas, fueron decisiones fundamentales para acercar al teatro a los jóvenes.
Por otra parte, en Guayaquil, en el espacio del grupo Sarao, se brindó un lugar destacado a la crítica teatral con encuentros diarios de análisis y desmontaje de espectáculos.
Estas reuniones sirvieron para reflexionar acerca del teatro desde la construcción de un diálogo, sin compartimentos estancos, entre los creadores y la crítica.
El resultado de estos desmontajes fue enriquecedor en varios aspectos. Fundamentalmente, porque se brindaron herramientas y un modelo de análisis al que asistieron estudiantes, quienes se adentraron –muchos por primera vez– en el proceso creador de varios espectáculos.
A la par del encuentro con la crítica, Arístides Vargas desarrolló un taller de dramaturgia. La importancia de este taller, esencial en una realidad teatral como la ecuatoriana, fue brindar características y prácticas del texto y la escritura dramática. De ese modo, el festival desarrolló una propuesta integral de espectáculos, análisis y formación pedagógica.
Un festival se afianza socialmente a través de una fe inquebrantable en el tiempo, el compromiso de sus hacedores y en la identificación cultural del público que, edición a edición, se forma como espectador.
Pero los procedimientos, las decisiones y la ética del trabajo son los que definen la calidad y duración de ese acercamiento. No son cuestiones cuantitativas ni ampulosas las que dan vida a un festival, sino que se produce a partir de la intrínseca necesidad que genera el hecho teatral como punto de reunión. Y en Guayaquil, Quito y Manta se pudo vivir la intensidad de ese encuentro.
* Crítico teatral de Argentina. Trabaja en el diario Clarín y el suplemento cultural Ñ.