martes 16 de septiembre del 2008 Columnistas

¿Adónde va la psiquiatría?

Los psiquiatras ecuatorianos tendrán el enésimo congreso nacional de su especialidad hacia fines de año en Quito. Sería bueno que esa actividad tenga un eje temático consistente, para que no se repita lo que frecuentemente ocurre: una sucesión amorfa de conferencias de contenido y nivel heterogéneos. Al margen de ello, hay algo que sin duda se repetirá: la gran ausencia de la necesaria pregunta por el sentido de su propia práctica en el mundo actual y en la sociedad ecuatoriana. Es asombroso cómo los especialistas en la mente de los otros tienen habitualmente tan poca curiosidad por interrogarse a sí mismos.

Sin desconocer los aislados esfuerzos de algunos para reinventar su práctica, la psiquiatría ecuatoriana no muestra mayor afán por proponer alternativas a sus esquemas terapéuticos clásicos. Hipotecada a la industria farmacéutica mundial, que marca su dirección y sus pasos, nuestra psiquiatría se ha deslizado hacia una suerte de tecnología del diagnóstico rápido y la prescripción farmacológica inmediata. La vieja clínica clásica es una curiosidad de museo y el interés por la práctica de la psicoterapia, la cura por la palabra, solo importa a psicólogos y a psicoanalistas, a quienes los psiquiatras generalmente no consideran interlocutores de su mismo nivel.

En el orden oficial, hay cierto grado de involución de la especialidad en el concierto de las prácticas estatales de la salud. La antigua Dirección Nacional de Salud Mental, que otrora algo sonaba, ya no es un referente para los psiquiatras. Como lo señala Agostino Pirella, en su ensayo sobre la crisis de la psiquiatría, a los estados no les interesa invertir en pacientes a quienes sus mismos familiares no quieren de vuelta porque los creen irrecuperables. Al parecer, subsisten los viejos pactos entre los familiares y el psiquiatra para encerrar de por vida al psicótico, solo que ahora el psiquiatra no advertido es un cómplice incauto por su falta de autocuestionamiento.

El psiquiatra contemporáneo ha devenido víctima de su propio invento: las expectativas desmesuradas que mantiene en las neurociencias, de las que espera la explicación definitiva de la locura, y su exclusiva dependencia del uso de los psicofármacos para sostener su clínica. Por estas mismas razones, la práctica psiquiátrica ha perdido especificidad y se siente amenazada. El mercadeo de las farmacéuticas ha determinado que hoy en día los médicos de todas las especialidades se sientan autorizados para recetar psicofármacos; y si antes se creía que las psicosis (la llamada locura) eran el territorio de  la psiquiatría, hoy cada vez más neurólogos se consideran autorizados para tratar pacientes psicóticos, investidos por su saber de las neurociencias.

Probablemente el manicomio todavía cumple una función asistencial, y la administración del electroshock podría conservar un valor terapéutico, cuando se utiliza para ello y no por razones disciplinarias. Pero es imperativo que la psiquiatría ecuatoriana se proponga nuevas estrategias de abordaje y recuperación para los psicópatas crónicos, criticando su propio estancamiento y demandando la atención del Estado. Los psiquiatras deben recuperar el valor de la palabra, no como mero instrumento de diagnóstico, sino como fundamento de la condición humana de sus pacientes, para una mejor clínica psiquiátrica, e incluso para que los psiquiatras se curen de su propia “farmacodependencia”.
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