Lunes 15 de septiembre del 2008 El Gran Guayaquil

Las maletas de laurel de Simón Lucas viajan con los conscriptos al cuartel

Jorge Martillo

Desde hace 60 años, el guayaquileño Simón Lucas García construye las tradicionales maletas de madera que los jóvenes  llevan  a los destacamentos de las Fuerzas Armadas cuando hacen el servicio militar.

Miles de maletas de laurel han brotado de las manos de Simón Lucas García –que ahora, a sus 84 años, están ajadas y casi inútiles–. Miles de valijas que  guardaron no solo ropa, efectos personales y militares, sino también historias felices, heroicas y tristes que continúan viviendo los jóvenes en los cuarteles del Ecuador.

Se cree que las primeras maletas de madera arribaron a Guayaquil a inicios del siglo anterior, en manos de migrantes europeos. Es célebre el poema La Maleta, del español Pedro Lezcano: “Yo tengo preparada la maleta. Una maleta grande,/de madera./La que mi abuelo se llevó a La Habana;/mi padre, a Venezuela (…) Ha servido de todo: como banco/de viajar en cubierta,/y como mesa y, si me apuran mucho,/como ataúd me han de enterrar en ella”.

Ya acá, nuestros carpinteros le hicieron las necesarias adaptaciones criollas.

Lucas García aprendió a construirlas cuando tenía 24 años. Siempre emplea una madera resistente como el laurel. Otros utilizan el pino y maderas ensambladas.

El portal de su casa y taller huele a madera y laca. Vive en Guaranda 413 entre Capitán Nájera y Huancavilca, rodeado de maletas recién hechas y otras en proceso. Recuerda que las primeras las vendió a un sucre y veinte centavos.

Existen de dos tamaños. Las grandes que miden 70 x 40 cm, actualmente cuestan $ 25 y las pequeñas de 60 x 25 cm, $ 20.  Pero estas últimas las trabajó su nieto John García Lucas, pues él está enfermo.

“No me puedo ni parar por las várices. He estado casi muerto y del cementerio me regresan”, manifiesta con voz quebrada, sentado en una maleta y apoyado en un bastón como un viejo patriarca que no da su brazo a torcer.

Sobre la vereda reposan las maletas recién hechas y destinadas para los que se acuartelaron el 6 de septiembre pasado. John García, sin dejar de trabajar, comenta que antes las maletas tenían más salida porque en ningún cuartel había casilleros como ahora.

Menciona que cuando hizo el servicio militar, las maletas estaban debajo de las literas, en ellas guardaban las prendas personales y las que entregan en el cuartel. “Siempre hay que ponerles candados porque hay expertos que las abren para robar”, señala García Lucas.

Su abuelo, en cambio, evoca sus épocas de oro cuando contrataba personal porque hacía hasta 8 docenas para distribuir en los almacenes cercanos al mercado Central, para enviarlas a Milagro, Paján, etc.

Hasta familiares de  conscriptos recién acuartelados llegaban a su taller. “Mientras yo armaba las maletas hacían cola y para que no se cansen esperando tenía que entretenerlos con un vasito de cerveza”, añora Simón cuando había tan solo dos llamadas de acuartelamiento –ahora son tres–, pero ganaba sus buenas monedas.

Hoy como ayer el proceso es el mismo. Compran el laurel, lo cortan en tablas que llevan a cepillar. Arman los cajones, le ponen la tapa y después las bisagras, las aldabas y la agarradera. Al final, le aplican laca natural con sellador, por eso las maletas lucen amarillas.

El maestro  Lucas es padre de 18 hijos, abuelo de 50 nietos y hace rato perdió la cuenta de los bisnietos. Casi todos sus hijos y nietos aprendieron el oficio. “Todos raspan palo”, dice orgulloso pese a que “la máquina me mochó los dedos”.

Su rostro esculpido por el tiempo, se ilumina al recordar que antes de maletero era cantante. Luis Quezada, quien le enseñó hace 60 años  el oficio, era guitarrista. Se conocieron en la farándula. “Por las noches éramos artistas y en el día hacíamos maletas”. Narra que tocaba las maracas y cantaba pasillos, boleros y alegres guarachas en fiestas y cabarés.

Retorna a su presente y apenado acepta que no puede cantar, casi ni trabajar o caminar. Pero sus maletas de laurel viajan por su memoria.
Los jóvenes aún siguen yendo al cuartel con sus valijas de madera.

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