Estos amantes no caben dentro del vocablo esposos, pues me pregunto siempre por qué llamamos esposas a las manillas de hierro con las que se sujeta a un delincuente. Ángela y Luigi son seres independientes maravillosamente complementarios con cultura bien asimilada, absoluta autonomía, aunque no puedan vivir el uno sin el otro.
En el amor bien logrado nadie manda, los dos obedecen. Entre sus corazones no existe distancia. Doquiera que estén llevan adentro la luz de su afecto; las esporádicas separaciones solo suelen ser físicas. Entonces, además de amantes y cónyuges, son cómplices. Su hogar ha logrado mantener el clima cálido donde todo puede brotar con felicidad, armonía, equilibrio. Los hijos han crecido con amor convirtiéndose en profesionales útiles a la sociedad. Paolo heredó aquel amor a la gastronomía que lo llevaría a escalar posiciones, dando brillo a su nombre, iluminando el apellido.
Aquel trío lleno de optimismo nos presentó en el Salón Julián Coronel del Parque Histórico un libro insólito al que pusieron como título La cocina de dos mundos. Paolo, al que recuerdo de adolescente, se ha convertido en hombre alto, entusiasta. Nos recuerda con sencillez la propuesta de su madre: “A los italianos les gusta la comida ecuatoriana, a los ecuatorianos les gusta la comida italiana. ¿Por qué no podríamos mezclar sus materias primas en el respeto de los parámetros de la buena cocina?”. Luigi, de su lado, considera que si comer es un placer, resulta ser la gastronomía como una sabrosa embajada de cualquier país.
Lo que llama la atención en aquella pareja italiana es la vitalidad demostrada, la constante gentileza, el trabajo hecho en equipo, la búsqueda que permitirá a los lectores informarse acerca de los productos originales de nuestra tierra: plátano, camote, yuca, aguacate, tomate de árbol, naranjilla, quinua, choclo, mango, achiote, uvillas, camarones y hasta cacao. Podemos imaginar que Paolo creció en una cocina digna de Laura Esquivel, de Isabel Allende (Epicuro ha realizado unas cuantas recetas eróticas de aquel libro donde alternan el cachondeo y el sibaritismo).
Pues sin llegar a este matiz algo bribón, Ángela y Luigi plasmaron con su amor espiritual, más los productos de la madre, tierra recetas inesperadas tanto por la exaltación del color, la textura de los ingredientes, los experimentos de vistoso resultado. Los ñoquis que conocíamos como bolitas de sémola o de papa adquieren un toque pintoresco con la yuca.
Al aplastar uno con la lengua contra el paladar nace la sensación misma del ingrediente original: dulce revolución del antiguo concepto: ñoquis ítalo ecuatorianos en salsa de queso cremoso más unos pétalos de amapolas. A veces la sencillez consiste en mostrar las cosas tales como son: crema de yuca con aguacate, parmesano y mozarella, o tournedos (rodajas de lomo fino cercadas con lonja de tocino) en una salsa de vino Barolo con dedos de yuca fritos.
El libro es casi comestible, pues al recorrer sus páginas recordamos cómo reaccionaban las papilas gustativas en los experimentos de Pavlov. Cada fotografía (Luigi Passano y Margarita Vidal) se vuelve desafío al paladar capaz de provocar orgasmos gastronómicos. No se puede deslindar dónde empieza el amor, dónde la gastronomía.
La tierra del prosciutto da la bienvenida al flan de quinua, la crema de aguacate con chantilly y polvo de café “caracolito” (a Epicuro le gustaría saborearla más fría como postre refrescante). Ángela, Luigi, al convertir a Ecuador en el sitio ideal para su eterna luna de miel, nos hacen cómplices de su buen gusto.