Su nombre era Ettore Majorana, quien a pesar de su edad era ya un reconocido investigador de física. A juicio de Enrico Fermi, Premio Nobel de la Física por su contribución a la teoría cuántica, el genio de Majorana era comparable con el de Newton y Galileo.
Por ciertas cartas que había escrito Majorana a un colega de la Universidad de Nápoles, donde daba clases, y en las que dejaba entrever su intención de suicidarse, todo pareció indicar que, en efecto, era esa la explicación de su misteriosa desaparición. De hecho, la policía cerró el caso diciendo que en un acto de locura Majorana se había suicidado.
Novela sobre Majorana
Sin embargo, la verdad de lo ocurrido no habría de resultar tan clara como parecía. Lo que en un principio se atribuyó a un acto de locura o debilidad parece que escondía algunos misterios. Este es el punto de partida de la interesante novela de Leonardo Sciascia La desaparición de Majorana, traducida al español el año pasado por Editores Tusquets.
La hipótesis que Sciascia se propone explorar es la de un Majorana que se escapa del mundo voluntariamente temeroso de las importantes contribuciones que una mente tan aguda y genial, como la suya, podía hacer al desarrollo de la fuerza atómica y sus riesgos en una Europa dominada por Hitler y Mussolini.
Majorana fue un gran científico. Estudió en Roma en la escuela que lideraba Enrico Fermi, y siendo bastante joven completó estudios importantes sobre el núcleo atómico. En 1933 viajó a Alemania, donde conoció y trabajó con Heisenberg, uniendo su nombre al de este y otros en la formulación de una nueva teoría nuclear. Su desaparición se da precisamente en el año en que había sido designado profesor de física de la Universidad de Nápoles, lo que le iba a asegurar cierta estabilidad para avanzar en sus trabajos, y en el que Fermi recibe el Premio Nobel.
Sobre la base de su extraña desaparición Sciascia construye una de sus novelas más intensas por la fineza del análisis y sus reflexiones sobre la ética y lógica internas de un científico.
Sirviéndose sobre todo de los documentos concernientes a las investigaciones que la policía hizo acerca de la desaparición de Majorana, y los testimonios que se recogieron, el autor busca reconstruir la vida de este gran científico, principalmente los días y horas que precedieron a su desaparición. Sciascia nos descubre un científico humanamente grande, y, a la vez, sobredepresivo como los personajes de Shakespeare o Pirandello.
¿Habrá sido un suicidio o un homicidio? ¿Pudo haber sido secuestrado y luego asesinado? ¿Cómo es que la policía fascista, sobre la que el propio Mussolini presionó en persona, no pudo dar con una respuesta satisfactoria? ¿Cómo explicar la marca de su billete de llegada?
Aunque en la carta que había escrito a su amigo –y que es la que llevó a pensar en un suicidio– Majorana habla de “mi próxima desaparición”, por la que pide que no se acongojen; lo cierto es que “desaparición” no es lo mismo que “muerte”. Siendo como era una persona muy atenta a las palabras, ¿por qué no habló de “mi muerte”?
¿Y si en vez de un suicidio se trató de una fuga? De una fuga premeditada del mundo. Su madre jamás aceptó la hipótesis del suicidio. “Los muertos, tarde o temprano, siempre se encuentran. Son los vivos los que jamás se encuentran…”. Tan segura estaba que se encontraba vivo que en su testamento le deja parte de sus haberes. El propio Majorana hizo un retiro importante de dinero de su cuenta bancaria antes de su desaparición, algo que no encaja con alguien que ha decidido suicidarse.
En ese estilo tan característico de thriller, Sciascia intriga al lector con las posibles hipótesis propias de un detective, hasta llevarnos a una explicación anclada en el territorio de la filosofía y la moral.
¿Fuga de sí mismo?
El autor parece sugerir que no fue ni homicidio ni suicidio, sino simplemente una fuga del mundo para escapar del terrible juicio de la historia que Majorana sentía que se venía sobre él, y sobre esos otros científicos que, en diferentes naciones, conscientemente o no, habían sentado las bases de la bomba atómica. Recordemos que ya en 1934 su compañero y colega Fermi había pisado el umbral de esta fuerza destructiva al lograr la fisión del uranio.
¿Adónde fue, entonces, Majorana? Sciascia parece sugerir a un sitio tranquilo, quizás en una cartuja de Calabria, un lugar seguro donde nadie sepa ni le importe quién es él, ni qué había hecho.
Pertenece esta novela al periodo más fecundo de este gran escritor italiano. Sigue la línea de El teatro de la memoria (Alianza Editorial) y Los apuñaladores (Tusquets Editores). En estas otras novelas, Sciascia parte también de un caso conflictivo, que trasciende a la opinión pública y se enreda para luego sepultarse en los juzgados y archivos policiales. Aunque mirados aisladamente los datos de la novela comentada no aparecen muy convincentes, Sciascia logra enamorar al lector poéticamente de su argumento gracias a una mezcla muy sutil de ensayo filosófico e intriga policial.
Nacido en Sicilia como Lampezuda, Pirandello y Quasimodo, Sciacia fue uno de los más brillantes escritores italianos. Profesor de nivel elemental por formación, compartió su vida entre la política, la investigación periodística, la crítica literaria y la novela, donde cultivó en particular el género policial (El día de la lechuza. Tusquets Editores) y el histórico (El consejo de Egipto. Tusquets Editores).
Fue un escritor muy ligado y curioso de su nativa Sicilia (Hay que venir a Sicilia, para constatar lo increíble que es Italia) y de sus problemas, en particular el fenómeno de la mafia y su cultura. Sciascia falleció en 1989. La editorial Bompiani ha recogido en dos volúmenes sus obras completas.