40 ecuatorianos participaron en la adecuación del local del mayor congreso de agua del planeta.
Esa tozuda manera de ser es la que en el 2000 empujó a Patricio Cando a vender sus negocios por un boleto de avión a España. Reunió apenas 1.200 dólares a cambio de un taller de soldadura y un bar de billares y licores en el sur de Quito. Aterrizó en Madrid como falso turista. Al poco tiempo, recaló en Zaragoza. En estos días, su ímpetu y la calidad de su mano de obra permiten entender cómo se levantaron algunos de los pabellones de la Expo Zaragoza.
La feria mundial dedicada al agua y al desarrollo sostenible que hoy echa el cerrojo después de tres meses de frenética actividad contó con una inversión de 2.500 millones de euros (cerca 2.600 millones de dólares).
De los 11.788 plazas que, de junio a septiembre, generó el evento (no se contabilizan los miles de obreros subcontratados para la construcción del recinto), el 21% son extranjeros, sobre todo europeos.
Los ecuatorianos no son mayoría. Cuarenta consiguieron una plaza. Unos 25 de ellos firmaron un contrato a tiempo completo, sostiene José Luis Martínez Laseca, jefe de recursos humanos de la Expo.
Tras noventa días de un evento que acogió a más de 5,5 millones de visitantes, los ecuatorianos vuelven a la ya conocida tarea de encontrar un empleo que les permita mantenerse y enviar dinero a sus familiares en Ecuador.
Los puestos
Los ecuatorianos ocupan puestos en la oficina de acreditaciones, venta de entradas, limpieza, guardianía, hostelería o como acomodadores en los espectáculos. Sus sueldos rondan los 1.200 euros, unos 1.400 dólares.
El perfil
El trabajador connacional más joven de la Expo Zaragoza nació en 1998; el mayor, en 1952. La mayoría son mujeres, originarias de Morona Santiago, Las Lajas, Milagro, Guayaquil, El Triunfo, Quito, Babahoyo...