domingo 14 de septiembre del 2008 Columnistas

Los sueños, sueños son

Carolina, llegas con tus sueños hechos añicos desde Murcia en un correo desgarrador.  Existen dos tipos de sueños, lo que son posibles y las quimeras creadas por la mente. Me enamoré de Antígona a los 15 años: perdura la ilusión. Sabía perfectamente que mi heroína era ficción, personaje de Sófocles creado hace dos mil quinientos años, sin embargo, podía hablar  griego con ella, pues estudiaba este idioma. Al pie de la Acrópolis, en Atenas, vi una representación de la obra en el lenguaje original. Esperé, corazón colapsado, el momento mágico en que Antígona me diría: “outoi sunektein ala sumfilein efun” (no he nacido para odiar sino para amarte). Tuve un romance con Safo cuyos versos me incendiaban el corazón, un idilio escandaloso con George Sand sobre fondo musical de Liszt y Chopin. La vida mía pasó como un rayo. Sé, más que nadie, lo muy poco que me queda en aquel otoño melancólico. Toda mi existencia estuve soñando, intentando no lastimar a nadie con mis ilusiones. Respeté a quien amé, jamás di un paso más allá de lo permitido. Di importancia a la parte espiritual o afectiva, creo que no tengo nada de qué avergonzarme.

Te contesto, Carolina. Todo lo que escribiste, hiciste, tiene una razón de ser. Por más equivocada o confundida que estés, no cometiste nada  reprochable.   Todos los sentimientos son nobles mientras se anidan en el corazón de una persona “civilizada”, palabra que se opone al salvajismo. Los seres humanos deber ser tratados como si fueran de cristal o de acero. El metal corresponde a la fuerza, la voluntad, la determinación. El cristal es pureza,  transparencia, fragilidad también.

No debemos hacer añicos el vidrio quebradizo del  alma sensible, empañarlo con actitudes ordinarias. Todo ha de ser sublimado: para eso sirven los sueños. Me temo que en Murcia no encuentres el final feliz.
Acudes, supongo, a la Catedral de Santa María donde descansa el corazón de Alfonso X el Sabio. Las personas genuinas son hermosamente ingenuas y después de todo, ¿quién soy para no creer en milagros,  negar la posible intervención de fuerzas para mí desconocidas? Enamorarse de un hombre casado, Carolina, siempre ha sido puerta abierta hasta el despeñadero, por más fascinante que sea el filo del abismo.

“Es usted de los que no juzgan, peor satanizan”, me dices, y me escribiste, porque “vivo lejos de la política en un mundo virtual donde sólo pretendo encontrar la gentileza de la inteligencia” –y la encuentro–. Las condenas apresuradas, los escándalos por nimiedades, el puritanismo apresurado no me inmutan. Sigo mi camino intentando conservar aquella parte del niño que fui y nunca vio maldad en amor alguno.

 Carolina, tus escrúpulos religiosos no caben frente a tu ternura. Aquella idea de acabar con tu vida es absurda. Solo tienes 36 años. Es el alba del nuevo día. La vida recién empezará mañana. De pronto me pregunto cómo un columnista de la página editorial puede convertirse en  consejero sentimental,  pero sigo pensando que cualquier amor  humano auténtico vale más que cien mil asambleas.
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