Juan Belmonte no toreaba esa tarde y por eso fue invitado al palco de la presidencia de la plaza, acompañado de un amigo; allí lo recibió el presidente de la plaza –que era, además, gobernador civil– con todos los honores, complacido por la presencia de el Pasmo de Triana, a quien no dejaba de llamarle “don”. Don Juan por aquí y don Juan por acá. Cuando acabó la corrida, el amigo preguntó a Belmonte cuál había sido su anterior relación con el presidente, que con tanto respeto se refería a él. “Ese señor fue un antiguo picador mío”, le contó Belmonte. El amigo, sorprendido, le preguntó cómo, habiendo sido picador, había llegado a ser presidente de plaza y gobernador. Y Belmonte, con esa socarronería que le era tan propia, le replicó: “Pues, ya ves, degenerando”.
Estar abajo, en el ruedo, frente al toro, cuesta. Se pasa miedo. Se corre el riesgo de ganar, como único trofeo, una cornada que abre el camino hacia la muerte. Es que el toro aprieta. Si es bravo, exige. Si mansurrón, despista. Pero el torero está ahí, para jugarse entero. Para fijar al toro. Para enseñarle a guardar las distancias. Para enfrentarse con valor a ese monstruo que tiene mucho más fuerza y mucha más fiereza. Y que exhibe toda su majestad en esos pitones afilados con los que acecha, con los que rompe, con los que desgarra.
Quien ha escogido como una opción de vida estar en el ruedo, lo ha hecho imbuido de una pasión ciega, loca, incomprensible.
Esa misma pasión que obliga a otros a tomar la pluma y, desde abajo, desde la arena de la calle, citar al toro de la realidad a cuerpo limpio e ir componiendo, en su página en blanco, su faena, a costa de cualquier riesgo, con más o menos adornos, con más o menos temple, con más o menos oficio. Desde abajo, y siempre desde la duda, siempre desde la incertidumbre, siempre desde la soledad, desde ese rincón en que no tiene otra compañía que sus sueños, que sus frustraciones y sus esperanzas. Y allí está, íngrimo, quieto, citando al toro del poder que es todo fuerza y que, con sus astas afiladas, intenta amedrentarlo hasta el silencio.
De pronto, varios de esos que con su estoque burilaron frases que hirieron a los déspotas, que clavaron sus palabras de acero en el lomo de los prepotentes, que incrustaron la pica de sus ideas en el morrillo de los soberbios, dejan el ruedo y suben hasta el palco donde está la presidencia, y allí se instalan. Y, desde esa altura, sienten que han alcanzado el lugar destinado a los que juzgan, no a los que son juzgados. A aquellos que, cuando aparecen, son recibidos con la fanfarria de clarines y timbales. Están allí y van olvidando sus antiguos días, esos en que se jugaron su suerte desde abajo, citando a ese mismo poder que ahora representan.
Si preguntáramos otra vez a Belmonte cómo llegaron hasta allí, su respuesta sería idéntica. Degenerando, dejaron de ser lo que fueron para convertirse en otros. Y por eso se encargan de que su pasado se vaya recubriendo con una pátina de desmemoria, hasta renegar de él y renegar, también, de aquellos que, desde abajo, continúan enfrentando al toro del poder venciendo el miedo, dándole la cara y desafiándolo.